JULIETA DOBLES


San José, Costa Rica, 1943


SILOGISMOS DE AUSENCIA

Si tu silencio me muerde la alegría,
escribo.

Si no hay música que llene tus ausencias,
escribo.

Si añoro la quemadura de tus manos
sobre mis playas húmedas,
escribo.

Si cuando te nombro me recorre la espalda
una fila de besos emigrantes,
escribo.

Si en tus labios borrados adivino
la única fuente que me mata de sed,
escribo.

Si el vacío de tu voz transforma mis silencios
en tambores ausentes y enervantes,
escribo.

Si toda mi piel grita de soledad y miedo
para ahuyentar la soledad invasora,
escribo.

¡Cuánta poesía entretejen
tu ausencia y mi dolor!

SEGUNDA DESFLORACIÓN

Apareciste.
Fugaz, impredecible.
El más urgente ahora.
El subrepticio beso a la distancia,
más quemante mientras más lejos arde,
más moroso y astuto
que a ras de labio.

Ardió sobre mi cuello
desde la otra esquina del salón,
ala temible y deleitosa.

Tu palabra,
la subversiva,
irresistible herramienta del deseo.

Y mi burbuja oscura,
aquella que arrastré
después del desamor.
mi segunda virginidad,
estéril, afrentosa,
rota de displaceres
donde el eros se esconde,
se esfumó en el asalto de tus manos,
ante el atrevimiento de tu lengua invasora,
enfrente al tajo de la noche
que improvisaste así para mi gozo.

Podría empezar a amarte
si me lo permitieras.
Eres demasiado fugaz,
tejido ajenamente en la distancia.
Y quizá nuestro mundos
no vuelven a cruzarse.

Te agradezco ese golpe de instinto
que me abrió claridades.
Recorrí, nuevamente,
la dulzura de los cuerpos
que se van acercando, hasta cerrarse
uno sobre otro, como puertas al gozo.
Y el jadeo triunfante,
música que no puedo desterrar de mi vida.
Y la belleza antigua de la espada
que siempre me sorprende,
y da vida y no muerte a donde hiere.

Quizá yo sea en ti
sólo unos ojos memorables,
que se irán disolviendo entre sus días
de rutina y de hastío.

Yo soy la gananciosa:
puedo hoy volver a amar.

DE PALABRAS

La palabra, tu palabra
es un barco certero hacia el deseo.
Lanza tan primitiva,
caricia tan urgente,
lindando casi con el rojo
mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,
me desata, me incita.
Plenamente verbal,
me humedezco de esencias germinales,
y se activan mis manos,
mi cuerpo, mi palabra también
para dormir el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,
moscardón malicioso,
me cosquillea el instinto.
Subleva mis silencios
y, exacerbada de penumbras,
nos acerca y nos une
en esa vieja danza
de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voy y mi voz se están amando
entrecortadas, susurrantes,
plenas de excitaciones, de turgencias,
de alientos agresivos o ternísimos,
entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan,
se muerden, se estremecen
sn esa enredadera de deseos
que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.

APUESTAS

Tú pones los silencios auspiciantes,
vestíbulo del ansia
en tu sonrisa de muchacho con soles.

Yo pongo la poesía.

Tú, esas manos de móvil expertez
que trazan tatuajes invisibles y ávidos
sobre el escalofrío de mi piel.

Yo pongo la poesía.

Tú, el beso,
puerta de mudos goznes al deseo.

Yo pongo la poesía.

Tú, las lanzas osadas y profundas,
sagradas armas, siempre nuevas
en la vieja irreverencia del amor.

Yo pongo la poesía.

Tú, esa ternura tuya,
sábana singular
que me rinde y me vuelca.

Yo pongo la poesía.

¿Y la música de los cuerpos,
perdurable en su hermosa brevedad,
triunfante cada día frente a la destrucción?

Ah, esa la ponemos los dos,
Tañedores expertos del deseo…

FUGA DE MUERTE

A propósito de un video sobre las víctimas indígenas
de Alteal, Chiapas, filmado en diciembre de 1997.
Pero, ¿a dónde van?
Atravesando ajenos montes de soledad,
cargando peso a peso su propio desamparo,
por los hostiles páramos en que la muerte anida
el paso muy pequeño y la mirada larga
por todas las fatigas y los fríos de este mundo,
¿a dónde van?

¿Dónde su albergue, su maíz, su canto?,
la mano fraternal que los devuelva
a la roca materna, anterior a la herida?

Apátridas perennes,
¿cuando terminará su errar de siglos
por las tierras en donde sus abuelos
hicieron dios al colibrí y al puma,
perpetuaron al águila
en sus cielos de barro policromo
y llenaron de ranas
los espejos del agua y de la piedra?

Aplastados bajo el peso del hambre,
pariendo entre la lluvia,
sollozando por sus casas derruidas,
y por el grito agónico
de sus muertos recientes
que los persigue como un mal sueño.
Arrastrando a sus hijos
fuera del vendaval y de la fiebre,
bajo el abrigo triste de una hoja anegada,
¿a dónde van?

Atrás dejaron todo:
los güipiles florecidos en rojo
por manos primorosas
quedaron en el barro de los odios.
La piedra de moler, despedazada
no volverá a cantar sobre el maíz precioso.
Y de la casa, sólo
un enjambre de latas y de óxidos
sostiene su memoria.
Se ocultan del ejército,
De su antifaz violáceo y desangrado.

Se ocultan de la mano del vecino,
inesperadamente cruel.
Y huyen, huyen, porque la lejanía
es la dudosa puerta hacia la vida,
donde no llegue la traición,
ni la tortura incube sus dolorosas larvas,
ni las preguntas lleven el pavor y la sangre.

Pero, por Dios, ¿a dónde van
bajo la lluvia ciega
y la noche, aún más ciega,
del hombre?

LA CASA CERRADA

La casa de mi madre sigue allí, en pie,
extrañamente en pie, como el tronco de un árbol
ya vacío a ras de la tormenta.

Pero nada se mueve en ella.
Nada bulle detrás de las paredes agobiadas,
nada pulsa, excepto el desamparo
que busca ansiosamente viejos ecos
en los amplios zaguanes,
donde el silencio anida como pájaro roto,
más penoso aún después de tanta música.

El reino de la ausencia:
esta es la verdadera ventana de la muerte,
que cristaliza todo lo vivido
en una urna imposible a los retornos.

Camino por las habitaciones
desiertas como espejos
que ya nada reflejan.
Con los muebles ausentes se marcharon
lo poco que quedaba de tu aura, madre,
y de nuestra presencia de infancias tan vividas
que su hálito terrestre
perfumaba aún mosaicos y rincones.

Quiero creer que tu saludo
desde la muerte fue veraz.
Que el sueño de las niñas
viéndote entrar de nuevo
con tu sonrisa de flor antigua
a la casa que nos vivió por medio siglo
fue un mensaje certero
para mi duelo sin respuestas.

Pero no hay resonancia en mi congoja.
La materia es tan sorda,
mi llanto tan espeso y tan urgente
que tan solo me queda este poema
donde converso a solas con la ausencia,
frente a aquel patio nuestro,
donde los árboles ancianos
sembrados por la mano paterna
-¿los recuerdas en su cortina de abandonos?-
se nos mueren también.

DE PALABRAS

La palabra, tu palabra
es un barco certero hacia el deseo.
Lanza tan primitiva,
caricia tan urgente,
lindando casi con el rojo
mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,
me desata, me incita.
De repente, plenamente verbal,
me humedezco de esencias germinales,
y se activan mis manos,
mi cuerpo, mi palabra también
para domar el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,
antiguo moscardón malicioso,
me cosquillea el instinto.
Si la escucho, subleva mis silencios
y, emparedada de penumbras
nos acerca y nos une
en esa vieja danza
de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voz y mi voz se están amando
entrecortadas, susurrantes,
plenas de excitaciones, de turgencias,
de alientos agresivos o ternísimos,
entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan, se muerden, se estremecen
en esa enredadera de deseos
que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.


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