FERNÁN SILVA VALDÉS


Montevideo-Uruguay, 1887-1975


EL MATE

No sé qué tiene de rudo;

no sé qué tiene de áspero,

no sé qué tiene de macho,
el mate amargo.

El sirve para todo;
para lo bueno, para lo malo;
él lava los dolores del pecho a cada trago;
es un cúralo todo en la casa del gaucho;
alegra la alegría y destiñe la pena,
el mate amargo.
Él es contemporáneo de la bota de potro,
y de las nazarenas, y de la guitarra;
pero de la guitarra que usa cintas
-como las chinas-
cintas celestes o coloradas.

En el campo
no hay boca masculina que rehúse besarlo
ni manos callosas que no le hagan un hueco
al mate amargo.
¡Cómo me siento suyo; cómo lo siento mío,
al mate amargo!
Yo lo llevo disuelto en la sangre
como un jugo americano.

No sé qué tiene de símbolo
el mate amargo;
por el pico plateado de la bombilla
canta de madrugada como un pájaro guacho.

EL ÁRBOL DEL OLVIDO 

En mis pagos hay un árbol,
que del olvido se llama,
al que van a despenarse, vidalitay,*
los moribundos del alma.

Para no pensar en vos,
bajo el árbol del olvido,**
me acosté una nochecita, vidalitay,
y me quedé bien dormido.

Al despertar de aquel sueño***
pensaba en vos otra vez,
pues me olvidé de olvidarte, vidalitay,
en cuantito me acosté.

EL INDIO

Venía 
no se sabe de dónde. 
Usaba vincha como el benteveo, 
y penacho como el cardenal. 
Si no sabía de patrias sabía de querencias. 
Lo encontró el español establecido: 
pescador en los ríos, cazador en los bosques, 
bravío en todas partes y cerrándole el paso 
con arreos de guerra, vivo o muerto; 
siempre como un estorbo, siempre como una cuña 
entre él y el horizonte. 

Modelado en barro de rebeldías, 
pasa como una sombra, desnudo y ágil, 
por los senderos ásperos de la Leyenda. 
Esbelto, musculoso, retobado en hastío, 
entre el cobre y el rojo estaba su color; 
una señal de guerra le hacía punta a su instinto 
y entonces, por sus venas 
en vez de correr sangre, corría sol. 

Estético instintivo 
se ponía en el rostro los más vivos colores, 
y en la cabeza plumas, como las aves bellas; 
si el exceso de adornos no lo hacía más indio 
cuanto más se adornaba se sentía más hombre. 

Señor de la comarca, 
por un pleito de caza con la tribu vecina 
blandía su coraje afilado en el viento; 
como los troncos de la flora indígena 
era dulce por fuera y era duro por dentro; 
su única dulzura temblaba en su lenguaje, 
como en las ramas de la flora india 
tiemblan las pitangas. 

Vadeaba los arroyos en canoas; 
entraba a las querencias de las fieras 
o ambulaba durante varias lunas 
en una aspiración horizontal 
-curtido de intemperie, 
rojo de sol o húmedo de tormentas- 
en los días rayados de chicharras 
o en las noches tubianas de relámpagos. 

La conquista española enderezó sus rumbos: 
y las tribus que erraban por rutas diferentes 
se ataron en un haz, alrededor de un jefe, 
para rodar a un tiempo como las boleadoras. 
No sabía reír ni sabía llorar; 
bramaba en la pelea como los pumas 
y moría sin ruido, cuando mucho 
con un temblor de plumas, como mueren los pájaros. 

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