ELOY FARIÑA NUÑEZ


Humaitá, Paraguay, 1885 - Buenos Aires, Argentina, 1929



¡ SED BIENVENIDOS  !


Sed bienvenidos, nobles uruguayos,

Hijos de la gentil Montevideo,

A la tierra solar donde durmiera

El magno Artigas su glorioso sueño,

Y donde no seréis jamás extraños,
Desde que disteis el viril ejemplo
De borrar con un gesto nuestra deuda
Y de restituirnos los trofeos.

Estáis en vuestra tierra, en vuestra casa;
La sal de la comida os ofrecemos,
Partimos el cigarro con vosotros
Y os brindamos el mate solariego.
La paz de nuestro escudo os acompañe,
Al posar vuestra planta en nuestro suelo,
Teatro del honor y el heroísmo
Y trágico testigo del denuedo
Con que lucharon vuestros fuertes padres
En singular combate con los nuestros,
Allá en los campos donde reverdecen
Vuestros recuerdos y nuestros recuerdos.
Bienvenidos seáis y enaltecidos
Al país del naranjo y del ensueño.

En su homenaje atruene el aire el himno
Que a un oriental homérida debemos;
Fúndanse sus estrofas inmortales
Con las palpitaciones de ambos pueblos;
Y, al extinguirse en la celeste altura
La postrer vibración del patrio verso,
Sientan los bienvenidos con nosotros,
En la fraternidad de los recuerdos,
Sobre la sugestión de la poesía,
La santa bendición de nuestros muertos.

Venís con un laurel en vuestras manos
De la gaya y sin par Montevideo,
En cuyo oriente asoma tempranera
La claridad del pensamiento nuevo,
Mientras Ariel, el genio luminoso,
Al centro de la luz remonta el vuelo
Y el sacro olivo de la docta Palas
Susurra gravemente en vuestros huertos.
Venís de la ciudad encantadora,
Asilo hospitalario en el destierro,
Enemiga del duro despotismo
Y amante esclarecida del derecho.
Venís de la preclara villa vuestra
A la noble Asunción del Comunero,
Cuyo destino en el pasado fuera
Cerrar los ojos de los grandes muertos,
Ya funde una nación y sea Artigas,
Ya un luchador y llámese Sarmiento.

Con la mirada fija en vuestras glorias,
Bajo la esplendidez de nuestro cielo,
Evocad el espíritu propicio
Del paladín sin mácula y sin miedo,
En el solar que viera sus angustias
y donde meditara tanto tiempo
Bajo el grave mirar del hosco Francia,
Que lo contemplaría, en su aislamiento,
Como la encarnación más eminente
De la sagrada libertad de un pueblo.
Evocadlo en sus horas postrimeras,
Agobiado de gloria y sufrimiento,
Labrando, a modo de un varón antiguo,
La madre tierra con fecundo esfuerzo,
Después de haber sembrado en los espíritus
Grandes ideas y elevados sueños.
Y jurad por sus manes y cenizas
Permanecer leales al derecho
Que sostuvo su mente generosa
En la guerra, en la paz y en el destierro.

Orientales, la tierra hospitalaria
Que os acoge con júbilo en su seno,
Conserva en sus entrañas la simiente
Que echara un día el sembrador de pueblos,
Con un altivo gesto catoniano
En la profundidad del surco abierto.
La campiña, que veis, toda florida,
Vio su figura de varón austero.
Todo este sitio sacro fue testigo
De sus meditaciones y sus sueños.
Aquí vio aproximarse lentamente
La hora fatal del último destierro,
Lejos de todo lo que en vida amara
Y ejecutó su brazo justiciero.
Y aquí cesó de palpitar un día
Su corazón, como el tayí, sereno,
Cubriéndolo de flores los naranjos,
Es símbolo nupcial de su himeneo
Con la inmortalidad augusta y pura
De las encarnaciones del derecho.

Sed bienvenidos, pues, nobles hermanos,
Al hogar que fue pío y que fue bueno
Con el titán epónimo, en las horas
En que, impelido por el hado adverso,
Buscaba entre los hombres un asilo
Donde dormir su pena sobre un lecho.
Inclinamos la frente con vosotros,
En el altar común de los recuerdos,
Ante la efigie de perfil antiguo
Del numen tutelar de vuestro pueblo.
Y poniendo su sombra por testigo,
Unos y otros, en su honor, juremos
Luchar unidos en el nuevo mundo
Por la natividad de un Mundo Nuevo.

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