MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO


Santander, Cantabria (España) 1856 – 1912


NUEVA PRIMAVERA

Brote del labio lo que el pecho siente; 
Rompa su cárcel el interno fuego 
Que nutrí con amor por tantos días, 
Y devorando hasta el postrer rastrojo 
Del seco campo de mi amor perdido, 
Inflame el pensamiento 
Con nueva luz, de dichas precursora, 
Y el mundo del espíritu convierta 
En realidad radiante de hermosura. 

¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen 

En el centro del alma resonancia 
Los himnos del placer y de la vida! 
Y en la región de sombras encantadas 
Y de flotantes sueños y quimeras, 
¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre! 
¡Qué brava tempestad tronchó las flores! 
¡Cómo enturbiaba su caudal el río! 


Hoy siento que la vida 

Llama a mis puertas en alegre coro; 
Hoy reverdece mi esperanza muerta, 
Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre 
Por un filtro genial vigorizada; 
Hoy tienen para mí caricias nuevas 
Las fuentes y las auras y las flores; 
Hoy despierta mi espíritu abatido, 
Más fuerte tras el duelo y la derrota, 
Como retoña secular encina, 
Cobrando esfuerzo doble 
Del hierro mismo que mutila el tronco. 


Dejadme bendecir la mano amiga 

Que limó mi asperísima cadena; 
Si aire de libertad de nuevo inunda 
Mis sedientos pulmones, 
Si aún puedo levantar la hundida frente, 
Si aún soy señor de mí, dádiva es suya; 
Suyo el recio valor que ella me infunde 
Con la miel de sus labios persuasivos, 
Y con el blando, irresistible freno 
De su elocuente y clara inteligencia; 
Ella me rescató, por ella aliento; 
Dejadme que la rinda 
Como triunfal despojo mi albedrío. 


Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara 

Admiración y amor a su hermosura? 
Belleza no de estatua 
En su divinidad alta y serena, 
Mármol que extingue en castas desnudeces 
El más osado impulso del deseo, 
Sino belleza irresistible, humana, 
Que no impera tan sólo 
En las líneas del torso peregrino. 
Ni se detiene en la gentil cabeza, 
Ni en los anillos de la forma muere; 
Halago que traspira 
De su voz, de sus ojos, de sus venas, 
De las místicas rayas de su mano 
Y aun del ambiente mismo en que se mueve. 


¡Oh, cuántos años de mi vida diera 

Por respirar tan encantado aroma, 
Por vivir de esa luz y de ese fuego! 
¡Quién confundiera nuestras vidas juntas 
Como dos gotas de la misma fuente, 
Como dos cuerdas de la misma lira! 
¡En su cauce orgulloso 
Cuál resonara el pensamiento mío, 
Si a acrecentarle con amor bajaran 
De su espíritu egregio los raudales! 
¡Qué mundos se abrirían 
Ante mis ojos en los ojos suyos! 
De oro y azul estancias fabulosas, 
Nunca soñadas de alarife moro, 
Alcázares de gnomos y de silfos, 
Escondidos talleres 
Donde el martillo de los genios suena, 
Trémulos lagos donde hierve el oro, 
Y un sol que centuplica sus ardores 
Sobre el mezquino sol de nuestra esfera, 
E infunde en nueva tierra y nuevos cielos 
Una oculta virtud germinativa, 
De nueva creación producidora. 


Y a la luz de ese sol yo acertaría 

A perpetuar tu nombre en mis cantares, 
Cual hembra castellana 
Nunca ensalzada fue, como aún respiran 
Las doctas hijas de la antigua musa, 
Como en Tibulo, Némesis y Delia, 
Como en Horacio, la gentil Glicera... 
¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas, 
A ser la sal de mi desierta mesa! 
Te contaré mil fábulas sagradas 
De amores de los hombres y los dioses, 
Cuanto tejió la griega fantasía 
En la serena juventud del mundo, 
Hasta que al suave y poderoso halago 
De tanta juventud y tanta vida, 
Sientas hervir tu sangre generosa 
Caldeada por la llama del deseo. 

Junio de 1882.


SUS OJOS

Cien veces los miré, mas nunca supe 

Cuál era su color; fijos los míos 
En su lumbre, contentos se anegaban, 
Y al parecer veïan; 
Pero el alma sedienta penetraba, 
A través de las formas veladoras, 
En busca del recóndito sentido, 
Como busca el teósofo, 
Signada en piedras, plantas y metales, 
La huella del Señor; letras quebradas 
Que anuncian su poder; cifra del nombre 
A lengua terrenal siempre vedado. 
No sé si azules son, garzos o negros. 
Quede a vulgares ojos 
El reflejar la luz del mediodía, 
De bullidores átomos enjambre, 
O la niebla del norte, 
De graves pensamientos compañera, 
Y de recio sentir inspiradora 
Porque en los ojos de la amada mía 
No se reflejan las terrenas cosas, 
Sino sus arquetipos, 
De perfección radiantes y hermosura, 
Y aquella luz más alta e increada 
De las puras ideas. 


Ideal de virtud, de ciencia y gloria, 

Sueños alegres de mi mente joven, 
Visiones del Cantábrico Oceano, 
Roto jirón de niebla, 
Que en las tardes de otoño me traías 
Mil vagas sombras y flotantes coros, 
Por divina manera congregando 
Lo que en los libros vi bullir y alzarse, 
Lo que difuso en la materia vive, 
Y aquella esencia más sutil y pura 
Que sobre la materia y sobre el libro 
Mi espíritu insaciable adivinaba. 


Ella en tus ojos arde, 

Ignota al vulgo, pero a mí patente; 
Por eso, al contemplarlos, 
No vi el color ni percibí la línea, 
Y me embriagué de célica hermosura, 
Y sentí rumor de alas 
Que, en torno a mi cabeza, 
El demonio socrático movía. 


En otros ojos leo 

La historia del amor en cifra breve; 
La blanda luz de la pasión que nace, 
Y las serenas horas 
En que dos almas, sin hablar, se entienden; 
La interna llama que potente cruje, 
Y arde en las venas y a la lengua asoma; 
El hervidor afán, la inquieta mente, 
La voz primera que el amor declara, 
Alma con alma confundidas luego, 
Y al fin la negra sombra 
Que envuelve al alma viuda y desolada, 
Al espirar de la ruidosa tarde. 


Pero en los tuyos, el amor perenne, 

Algo que en mí despierta 
Mezcla de amor y religioso culto, 
Cielo sin nubes, devoción tranquila, 
Que a recordar me lleva, 
No ya la vida exuberante y varia 
Que brota de los pechos inexhaustos 
De la madre común Naturaleza, 
Perpetua en el mudar de sus amores, 
Sino la sacra y mística Teoría 
Que forman las ideas 
Eternas, inmutables, 
Girando en torno a la Verdad Suprema. 


Y no sólo la flor de la hermosura 

En ti difunde su sagrado aroma; 
No sólo me apareces 
Una en la esencia, en formas inexhausta; 
No sólo se revisten 
En ti de gallardísima figura, 
De nueva claridad por ti bañadas, 
Las hijas de mi indócil fantasía: 
Ora la noble dama montañesa 
Su palafrén rigiendo, 
Para imponer al valle su tributo; 
Ora la ninfa griega 
Que anima el soto y en la fuente ríe, 
O hace correr la savia 
Por el tronco gentil a que se enreda, 
Del prolífico amor presa y vencida; 
Sino que el rayo de tus dulces ojos 
Es impulso inicial de mi albedrío, 
Germen de soberanas fantasías, 
Alto señuelo a mi ambición de fama, 
Horno do se caldea 
El metal en fusión del pensamiento, 
Piedra quilatadora 
Donde el sentir y el entender se prueban; 
Raudal de frescas aguas 
Que dan entendimiento de hermosura. 
Quien aplicó su labio a tal corriente, 
¿Qué sabor no hallará triste y amargo? 
¡Cieguen los ojos que tu rostro vieron, 
Si han de mirar de otra mujer los ojos! 


Abril de 1880.



REMEMBER


Si dura ley, señora, 

Impide que mi voz presente y viva, 
O encadenada en letra mensajera, 
Amante vuele a acariciar tu oído, 
¿Consentirás al menos 
Que el ritmo vago, como el aire libre, 
Indomeñable, etéreo, 
Que ni montes ni alcázares detienen 
Y halaga y duerme al velador tirano, 
Y nada dice y lo revela todo, 
Las alas tienda desde el fresco seno 
De mis cántabros valles, y penetre 
En la áurea estancia do tu pecho yace 
En la nocturna calma? 


Sí lo consentirás; que lidio sólo 

Con la espada del canto, 
Y ni tesoros ni grandezas tengo 
Que arrojar a tus plantas; 
Y si tú me recuerdas 
Alguna vez en solitarias horas, 
No será por los triunfos y laureles 
Que siembre a Fortuna en mi camino, 
Sino por la recóndita armonía 
Que vibró de tus ojos en mi mente, 
Y arrancó, reflejada en mis cantares, 
Tal vez una sonrisa de tus labios. 


¿Me olvidarás, gentil iniciadora, 

Profetisa de amor, Diótima nueva, 
Que a mi sediento espíritu ofreciste 
Tan alta y celestial sabiduría, 
Cual la que oyera Sócrates severo 
De la extraña mujer de Mantinea? 
Amor, divino intérprete y ministro, 
Que al cielo lleva los humanos votos, 
O al hombre trae la inspiración sagrada; 
Lazo que traba y une 
En síntesis armónica y fecunda 
El mundo real y el mundo de la idea; 
Amor es el demonio 
Que describe Platón, mañoso, artero, 
Ágil y vigoroso, 
Porque heredó de Poros la firmeza, 
Hábil encantador, sofista y mago. 
Dura pobreza le educó a sus pechos, 
Y anda descalzo, sin hogar ni lumbre, 
Ansiando siempre por lo hermoso y bueno. 


Ése es mi amor; el inmortal deseo 

Que antes erraba sin hallar reposo, 
Y ora descansa, y yacerá por siempre, 
En el centro sagrado de tu alma, 
Como en su propia esfera. Allí respira 
Y vive para ti, tú le custodias, 
Ni un punto romperá su alegre cárcel; 
Pasan por él los ruidos de la tierra 
Sin conmoverle; y por extraño modo, 
Cuanto él quiere, medita y fantasea, 
Tu solo pensamiento lo contiene; 
Y bellas son por ti las cosas bellas, 
Alegre el sol porque tu faz alumbra, 
Áureas las flores si tu frente ciñen, 
Y apetecible el lauro y la victoria 
Si huellas tú la conquistada palma. 


¿Cómo olvidarte yo, si eres la fuente 

De todo buen pensar; si tú lanzaste 
Al surco de mi alma 
Los gérmenes primeros 
De propia inspiración y altivo canto; 
Si sangre y jugo y plástica hermosura 
Tal vez al mármol diste, 
Que antes labraba yo con torpe mano; 
Si alguna de las Gracias que en ti moran, 
Y fáciles, ligeras, 
Cual enjambre de abejas del Himeto, 
Bullen del labio tuyo desprendidas, 
Endulzó con su miel el acre fruto 
De mi indómito, agreste y rudo ingenio? 
¡Oh! ¡cuánta y cuánta plática sabrosa, 
Como el rocío sobre yerba nueva, 
A refrescar mi espíritu bajaron! 
¡Cómo se abrió risueña ante mis ojos 
La de esperanzas opulenta vida! 


¡Que no las hiele el viento de la ausencia, 

Dulce señora mía, 
Mi sola voluntad, mi pensamiento! 
¡Florezcan inmortales 
En las dos almas por un Dios unidas! 


Agosto de 1880.


ROMA



¡Y nada respetó la edad avara...

Ni regio pueblo ni sagradas leyes!
En paz yacieron extranjeras greyes
Do la voz del tributo resonara.


No hay del triunfador por gloria rara

Siguen al carro domeñados reyes,
Ni de Clitumno los hermosos bueyes
En la pompa triunfal marchan al ara.


Como nubes, cual sombras, como naves

Pasaron ley, ejércitos, grandeza...
Sólo una cruz se alzó sobre tal ruina.


Dime tú, oh Cruz que sus destinos sabes:

¿Será de Roma la futura alteza


Humana gloria o majestad divina
 

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