JUAN AROLAS



Barcelona-España, 1805 - Valencia, 1849


A UNA BELLA

Sobre pupila azul, con sueño leve
tu párpado cayendo, amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó.
Yo el sueño del placer nunca he dormido:
sé más feliz que yo.


Se asemeja tu voz, en la plegaria,

al canto del zorzal de indiano suelo,
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró.
Yo sólo esta oración dirijo al cielo:
«Sé más feliz que yo».



Es tu aliento la esencia más fragante

de los lirios del Amo caudaloso,
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció.
Yo no gozo su aroma delicioso:
sé más feliz que yo.



El amor, que es espíritu de fuego

que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió.
Él te guarde placer ya mí la queja:
sé más feliz que yo.



Bella es tu juventud en sus albores,

como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio.
Yo decía al ponerlas en tu frente:
«Sé más feliz que yo".



Tu mirada vivaz es de paloma:

como la adormidera del desierto,
causa dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó.
Mi suerte es dura, mi destino incierto:
sé más feliz que yo.



MARCHA, DESPIADADA Y CRUDA...



Marcha, despiadada y cruda,

pues me quemas con tus besos,
al lucir casi desnuda
tantas gracias y embelesos.
Sol que en el cenit me abrasas
sin una nube en tu cielo,
yo te pondré dobles gasas,
y no te veré sin velo:
sobre un lecho encubertado
te he hacer cubrir de flores,
y serás vergel cerrado,
do se oculten mis amores.



¡Judía, que por fortuna

de mi ser eres sirena,
como tú no vi ninguna,
ni cristiana ni agarena!
Tú te ríes y te alegras
cuando en mí los bríos faltan,
mientras tus pupilas negras
ebrias de placer te saltan.
¿Quién ha de romper tus lazos?
Enamoras, avasallas,
y un día de tus abrazos
rinde más que cien batallas.
¡Deja tu delirio ciego!...



LA LEYENDA DEL CID


Non oléis a almizcle...


Por esposas han pedido

los Infantes de Carrión
las buenas hijas del Cid
que es el gran batallador.



En Valencia, en aquel templo

que al principio se llamó
«María de las Virtudes»
y es de San Esteban hoy,

de Gerónimo el obispo

recibieron bendición
con don Diego y don Fernando
doña Elvira y doña Sol.


Tuvo pláticas frecuentes

el Cid y en sus yernos vio
con costumbres amenguadas
insufrible presunción.


Pasados dos años fueron

cuando el rey Búcar llegó
con mil fustas por la mar
tremolando su pendón:

Que su hermano fue vencido

y si del cristiano huyó
con más pausa le mataron
los puñales del dolor:


Ha jurado por Mahoma

guerra y esterminio atroz
contra el suelo de las flores
y Rui Díaz su Señor.


Con la nueva de la flota,

con ricos hombres de pro
hubo consejo el buen Cid
cómo haberse en tal sazón


Y en su escaño de marfil,

de riquísima labor,
que fue de Juñes Rey Moro,
muy tranquilo se adurmió.



En la misma sala estaban

los infantes de Carrión
y con juego de ajedrez
se entretenían los dos;


Cuando de improviso vieron

delante de sí un león
que por descuido del guarda
de su jaula se soltó.


Los que el juego presenciaban

con impávido valor
luego embrazaron sus mantos
y del Cid en derredor


Sendas espadas sacaron

que la fiera respetó,
deslumbrada por encanto
de su súbito fulgor.


Turbáronse los infantes;

don Diego se colocó
bajo el escaño del Cid
con un pánico terror:


Por los largos corredores

Fernando se fue veloz
y al corral de las basuras
confuso asaz se arrojó.

Dispertose con los gritos

y bulla el Campeador
y viendo ante sí la fiera
diole una terrible voz:


Del cerro de su pescuezo

prontamente la tomó
y encerrada se la deja
de la jaula en la prisión.

Al punto a Fernán González

a su presencia llamó
y le dijo: Recobraos,
non saltéis otra vez, no:

Procurad tener, mi yerno,

más fuego en el corazón;
non fuyáis, que aquesta vez
non oléis a almizcle vos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario