GERMÁN BLEIBERG


Madrid-España, 1915-1990

ÉGLOGA DEL NAUFRAGIO

Tan oscuras las estrellas 
-en nuestros ojos, naufragio- 
tejen las playas de noche 
-en los recuerdos, naufragio- 
que dejan en nuestra sangre 
-última espuma, naufragio- 
llantos de cristal sombrío, 
herida carne del llanto. 
El jardín de nuestros padres 
es ortiga del ocaso, 
y nuestras lágrimas tienen 
un calor no superado, 
lágrimas de las entrañas 
que las aguas despertaron.
Enfrente de mi camino, 
huellas tersas en los lagos, 
y una presencia de luz 
en tus ojos de naufragio. 
Húndeme entre tus paisajes, 
en tus silencios amargos, 
donde yo sienta en mi piel 
ambiente de joven árbol, 
y la flor brote desnuda 
con sus perfumes alados. 
Verte, sí, sobre el invierno,
silencioso vuelo pálido
de tu figura tan clara
de ser nieve, ardor temprano,
mirarte sobre el abismo
de los vencidos espacios,
como incienso de alborada
en el sueño naufragado:
Tu mirada es el destino
en la sombra de mi paso.
Mirarte, sí, dócil fuego
de mi corazón flotando,
encima de las montañas
dulces del tiempo cercano.
Ya lejos las horas tristes,
yo arrancaré de los años
tierra firme en las miradas
quebradas por el naufragio.
Y veremos la madera
de los caudalosos álamos,
y amanecidas gozosas
en nuestros mutuos abrazos.
¡Qué plenitud del vacío
-sangre oculta del naufragio-,
anunciación de la playa
-caricia siempre, naufragio-!


RETORNO PÓSTUMO


Con las primeras violetas viene,
tan acostumbrado al ruido del tiempo,
él, nuestro sueño inhabitable,
transitando solo,
de nube en nube,
nuestro sueño confundido con el mar,
con el sediento desierto,
después de haber besado con labios infinitos
el último horizonte de la vida.



Viene desnudo, pensativamente,
bajo el peso de una palabra
horadando su conciencia de lirio incesante,
el sueño que forja palabras verdaderas,
palabras perennes,
el sueño agobiado por una palabra
que nunca osó pronunciar,
ni siquiera frente a un espejo,
la palabra que desde niño
enturbia secamente su voz segura,
su jadeante aliento,
como una flor desfallecida
entre las fauces de un grito,
palabra que se derrumba,
entre músicas sin aposento,
entre silencios velocísimos
devorando palabras nunca dichas.



Y retorna desnudo, sueño muerto,
el ritmo de angustiosos poemas,
poemas virginales de la muerte
y los amigos que por él oraban
en el funeral radiante de sombras,
apenas recuerdan su vaporoso tránsito,
y las ortigas, sin lastimar su piel transparente,
han olvidado aquellas manos soñadoras
antaño heridas por sus aguijones.



Orlaba el laurel su frente de sueño rubio,
y ahora se avergüenza, tímido,
de las frágiles alas suscitando sus vivos vuelos,
porque la única palabra que hubiere querido decir,



no pudo decirla nunca,
-Dios sabe qué misterios anudan los sueños-,
palabra aún por inventar
definitiva como el amor o como el odio.



Porque había un viento negro,
una mañana de tétricos, nocturnos vientos,
y su palabra quedó muerta,
insepulta en los abismos insondables,
germinando en el corazón del sueño,
y hoy regresa,
él, el sueño,
para pronunciar su palabra severamente,
la misteriosa,
cuando ignora que le cercan viejos huracanes,
oh sueño inmortal,
sueño muerto del poeta.



El Señor le ha concedido su póstumo retorno,
bajo el sol que irradia sobre el parque
el fuego vivo nutriendo las estatuas,
pero él, sueño agitado desde el origen de los cielos,
siente que su palabra se anega en silencio calcinante,
y que su voz es nada,
y que su cántico es inútil,
porque no encuentra su palabra última,
y el sueño sonríe,
acariciando húmedas violetas matinales,
para soñarse a sí mismo,
lejos, cada vez más lejos
de este ruido feroz de las horas.



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