LIONEL RAY


Mantes-la-Ville, Francia, 1935


EL RÍO


Primero el río asombra: como al salir de la noche
el día sin plumas con cortesías de pájaro.
Luego va, navega. Y manso con un cauce extremo
prolongado infinitamente más profundo que el tiempo verdadero
vuelve la espalda al viento penetra en las tierras
ancestrales y se acrecienta y se abre revuelto
por debajo pudriéndose exhalando un aliento
oscuro. ¿Cree en dioses? Si se estremece ¿sería
por temor o por estar solo aunque innumerable? Él
me atraviesa inscribe en mí su rúbrica absorta.
De repente soy el río en sus abismos y la corriente
palabras, el horizonte como un punto suspendido,
inhalando el azul la confusión de las lenguas la arena
la sal, y sin voz susurrando con todas las voces.

CIUDAD

Era una ciudad de cansancio y pavor, ciudad
vacía, sin coches ni gente, con parques y magnolias,
casas en estos parques, rejas, destinos
falsos rumbo a otra parte inexistente, era
una ciudad donde se anda a paso de pesadilla sin saber
qué hacia qué a por quién para qué cuarto nunca alcanzado
los ojos llenos de arena la lengua seca, una ciudad donde la vida
es al revés y la voz de todas nuestras noches sube
como una llama lamiendo escaparates que luego se apaga y la araña
del tiempo se ha dormido, muerta quizá en el centro
de su tela. Una ciudad donde se anda con aspavientos
pálidos. Habría sido necesario gritar pero no se podía.
Una ciudad donde se cargan demasiadas cosas pesadas
sobre los hombros y en el corazón. Y uno es como un hombre
que cae hasta morirse con mirada de terror sobre la noche
sobre la nada, estremeciéndose por un mundo oscuro
olvidado, al que se mira por vez primera.

(Traducciones de François-Michel Durazzo)

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