JOSÉ ANTONIO BILBAO


Asunción-Paraguay, 1919-1998


POEMA


Siempre he buscado la luz, la luz creciente.
Y el amor como vino derramado,
uvas maduras para mojar la sequedad del hombre.
Esta vida que llevo entre mis cales,
polvo con fuego, cielo metido en sangres,
fue adquiriendo las formas de un poema
y hoy, adelgazada, se me va volando.
Para imitar al pájaro viajero,
tan libre como el aire,
color que mancha el tiempo,
línea trazada sin dejar un rastro,
firmé conmigo mismo
un irreal y único contrato.
Pero tierra al final,
carozo a la intemperie,
me atrajo el surco abierto
para el milagro de volverse tallo.
Y me creció el ramaje,
se hizo sombra,
cobijo de los sueños y descanso.
Pero un dulce sortilegio me llamaba.
Y galopé. Cuántas leguas he tarjado,
cuánto sudor y polvo fijaban mi retrato,
con qué deslumbramientos me enfrentaba,
muerto de sed, boca agrietada y labios.
Pero Dios me llenaba la jofaina
y bebía otra vez y liberados
los poros de la piel
estaba, como nuevo entre los pastos.
Descubrí, por los rumbos más oscuros,
un guiño azul haciéndome señales,
la quiebra de los verdes horizontes
y hombres, tantos hombres
que hundidos en la gleba
veían cruzar sobre su siesta
tan viejas como ardientes polvaredas.
Siempre quise tener sobre mi pecho
un corazón de hierbas elegidas
y huyendo de las máscaras
vacías larguéme por caminos donde el tiempo
no ha perdido su infancia colorida
ni su floral aroma adolescente.
Aunque sean antiguos los caminos
se transita por ellos
con báculos de cedro,
con cientos de pandorgas desaladas
cuadriculando vientos
y desflorando azules,
azoradas palomas sin aliento.
Recuento en un poema los otros ya lejanos,
algunos cenicientos,
que se llevan los ríos arteriales, l
os ríos baqueanos,
hasta quien sabe qué vacíos puertos.
Esta noche galopa en soledades
y me cuesta frenarla entre luceros.
En el aire se acuesta una guitarra
mientras baja el relente.
Mis ojos son cristales empañados.
Ligeramente, tiemblo..

EL ESPECTRO DEL AGUA

Oculto estaba, esperando,
En el agua mansa no se le veía.
Era un demonio
que vivía en el río.
Dentro del lecho,
en urna de cristal
soterrado,
se asfixiaba.
Para salir afuera,
mostrarse bajo la luna circular
o al filo de su alfanje,
le hacía falta la lluvia.
No una, ni otra.
Toda una serie interminable
que de día y de noche, sin pausas,
bajaba en cataratas.
Salió a la luz, después de años
de un encierro, de un presidio
de rizos y de lirios,
siendo él tan oscuro y feo.
Y se lo vio espectral,
esqueleto de carbón cristalizado,
ángel de sombra.
Al sol, fosforecía
y de noche sus metálicos ojos
presagiaban la muerte.
Su fúnebre presencia
se abatió sobre los campos,
sobre pobres animales llorando su sentencia,
sobre víboras huyendo
en camalotales verdes,
barcas sin puerto, a la deriva.
Al verlo se estremeció la gente.
Era el viejo demonio
de cuernos enlodados
limpiándose, sacándosela costra,
a costa de los hombres y el ganado
que iban perfilando sus miserias.
Todos ellos temían la ciega dentellada
de la pobreza inexorable,
de la tristeza acumulada,
de la muerte.
Con él vino un racimo, inmenso y negro,
de cuervos acechantes
que en altos círculos
separaban el aire
y como oscuros vigías
las torres de los árboles
colmaban, como oliendo a la muerte.
El demonio del agua
reía en su locura
y la zona, lloraba.

(De: El espectro del agua, 1988)

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