ALBERTO RUY SANCHEZ


Ciudad de México, 1951

AMANECER PINTADO EN TI

Tú lo sabes,
es evidente el parecido.
Eres ahí
mi ávida flor
y al evocarte intensamente
en tu olor te miro
abrirme
tu súbito esplendor 
más desnuda que la desnudez
e inclino mi devoción, mi sed, 
a los pliegues del amor
que anoche
para mí
en mí
has removido.

Pero,
¿fue sueño jardín,
el delirio floral
de conocerte
ahí, así,
en detalles
y minucias?

Después lo sé:
amanezco
pintado en ti,
en tu cabeza,
como tú en mí.

Y se alegra el cuerpo
más allá de mi sonrisa.
Catarata en la piel,
escalofrío.

Lo que se dijo sin decir
Lo que se dejó de decir
Lo que se tocó
minuciosamente
con la mirada
duerme en efervescencia
y despierta
lo que se anhela.
Esa flor del parecido.
Conocer con precisión
tu esplendor.
Se sueña,
se espera,
se imagina,
se reitera,
se reinica
el recuerdo
y el anhelo
se multiplica.

Y de pronto,
En tus labios,
la flor del querer,
otra
y tal vez la misma
surge y se abre,
en dos palabras,
alegra de otra manera,
apacigua.
Pero el sueño
reinicia.

APARECIDA

Vuelves a mí,
Al abismo de mis manos,
A la orilla
Del sonido
De la sangre
De mi cuerpo,
Y me dejas escuchar los pasos
Veloces
De la tuya.
Pego el oído
A tu piel
(La mía es la prisión
De tu presencia)
Y escucho en ella
El murmullo
De un río en la noche,
Los secretos en tumulto
De un corazón
Que ya no late
Hacia mí.
Pones tu sonrisa en las manos de mis ojos,
Pones tus manos en mis hombros,
Tus pies
Se enredan
En mis piernas,
Se anudan
Como serpientes en celo
Y tu mente
En el mar de aquel olvido
Donde flotan
Nuestras frases
Nuestros quejidos
Nuestros anhelos
De eterna conmoción
Nuestra certeza
De ser indisolubles.
Te vas así
Cuando te acercas
Y al irte
Me dejas
Más cerca de ti.
Mi piel es la prisión
De tu presencia.

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