MARIO LUZZI


Sesto Fiorentino (Italia) – Florencia, 2005


VIA CRUCIS (*) 



PADRE mío, me he aficionado a la tierra

más de lo que hubiera creído.

Es bella y terrible la tierra.

Nací casi escondido,
he crecido y madurado
en un lugar tranquilo
entre gente pobre, amable y execrable.
Me acostumbré a sus calles,
me encariñé con sus lugares, sus olivares,
las viñas, hasta el desierto.
La tierra es sólo una estación para Tu hijo,
pero ahora me duele dejarla,
y hasta estos hombres y sus ocupaciones,
sus casas y sus refugios,
me da pena tener que abandonarlos.
El corazón humano está lleno de contradicciones
pero ni por un instante me he alejado de ti.
Te llevé incluso hasta donde parecía que no estabas
o habías olvidado estar.
La vida en la tierra es dolorosa,
pero también dichosa: recuerdo
los niños, los árboles y los animales.
Falta poco para ese lugar que llaman Calvario.
Despedirme me angustia más de lo debido.
¿He estado mucho entre los hombres o demasiado poco?
¿Hice muy mío lo terreno o lo he evitado?
La nostalgia de ti ha sido continua y fuerte,
pronto nos reuniremos en la sede eterna.
Padre no juzgues
este hablar mío humano, casi delirante,
tómalo como un deseo de amor,
no repares en su insensatez.
Vine a la tierra para hacer tu voluntad
aunque alguna vez haya vacilado.
Sé indulgente con mi debilidad, te lo ruego.
Cuando nos reunamos en el Cielo
se habrá consumado una gran prueba
que no se pierde en la memoria de la eternidad.
Pero ahora, en este estado humano de flaqueza,
voy hacia ti, compréndeme, en mi debilidad.
Me toman, me alzan en la cruz plantada sobre la colina,
ahí Padre, me clavan las manos y los pies.
Aquí termina verdaderamente el camino.
La deuda de la iniquidad ha pagado a la iniquidad.

Pero tú conoces este misterio. Tú solo.

(*) Mario Luzi compone este VIA CRUCIS invitado por el Papa Juan Pablo II a escribir un texto para la ceremonia del Viernes Santo de la Pascua (2003)


Versión de Amalia M. Abaria y Jorge Albertella


MARFIL


Habla el ciprés equinoccial, oscuro
y montuoso el macho cabrío exulta,
dentro de rojas fuentes lavan lentas
las yeguas de los besos a sus crines.
Desde las tenues selvas a ciudades
excelsas inmensos chocan ríos
largamente, se mueven en un sueño
afectuosas velas hacia Olimpia.
Correrán las intensas vías de Oriente
oreadas muchachas y en mercados
salobres mirarán el mundo alegres.
¿Pero dónde alcanzaré yo a mi vida
ahora que el tembloroso amor ha muerto?
Al horizonte lo violaban rosas,
vacilantes ciudades en el cielo
rociadas por jardines tormentosos,
en el aire su voz era una roca
infecunda de flores y desierta.




MARINA

Qué exhaustas aguas contra la frágil costa,
qué oleada gris contra los postes. E islas
más allá y bancos donde un incierto afán
se separa del día que nos deja.

Qué dispersas lluvias navegas, qué luces.
¿Cuáles? ignora si no finge el pensar,
si no recuerda niega: allá viví,
consciente aquí del tiempo de otro modo.

Qué memoria heredamos, qué imágenes,
qué edades no vividas, qué existencias
fuera de la alegría y del dolor
luchan en la marea con los muelles

o en el mar que florece y se despide.
Regresas tú, te acoges a esta orilla
y en el cielo que zarpa chirría un pino
de pájaros que vuelven, corazón.

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