SUSANA SOCA


Montevideo-Uruguay, 1906 – Río de Janeiro, 1959


REFLEJOS


Sobre el llano fulgura

el falso hielo
de la más clara niebla,
ya sólo vamos
por un camino de lentos bosques
hacia esferas de niebla
que se detienen
en la sustancia lúcida.

Giramos horas y horas
con una lámpara
y en el largo reflejo
otra luz otra lámpara
sin tregua miro,
de vidrio y opalina
corona y límite
de la no vista llama.

Lo que alumbra yo ignoro
y nadie sabe,
del brillo que trasluce
y no se muestra
encandilado el corazón,
por un instante
devorador el tiempo
juega despacio
juega a ser devorado.

Hinca sus dientes
la inútil agudeza
y se detiene
en la carne de vidrio.

El aire espeso
ríos de transparencias
deja entrever
con ellas comunica
la ausente luz
hasta que algún aliento
los vuelve ciegos
mientras el día
en la noche se funde
y un solo día
como el otoño pesa.

Con todo lo que ignoro
haré una esfera
de opalina, una esfera
que ha de rasgar
la lluvia como
si fuera alguna mano...
Y no se quiebra, se esconde.

Con el fulgor perdemos
al mismo tiempo
colores sucesivos
retoños últimos
del bosque ya talado.

ESTATUAS


"Jardín de Bourges"

Al principio soñé que soñaría con algún ángel.
Tarde, los sueños de los jóvenes vivos fueron mis sueños.
Y bruscamente me abandonaron.

Luego soñé con los sueños salidos de las bocas de
piedra de las estatuas. Las góticas criaturas siempre
de pie en las estrechas casas de sus pórticos. Talladas
por las manos que no mueren. Nombre de amor seguro
para las manos que no tienen nombre.

El alto objeto de sus sonrisas persigo en ellas.

Púdicas reinas de trenzas como la trama de sus claros
años. Y en hueco de piedra reconocemos los raros
hechos que las tapicerías nos enseñan.

Doncellas de la ley. Orden y señorío de la Escritura.
Y las de fría llama ya para siempre ardientes bajo los
techos ojivales de sus abiertas casas.

En sus bocas el fuego, como en el aire los pliegues
de sus mantos por mil años detenido.

Y las otras apenas como estatuas de estatuas.

En otro tiempo la Dama bajó de Chartres para dejar
su retrato. Las otras la acompañan junto a la sacristía.
En un boscaje oscuro que recoge el polvo de los
altares abandonados.

Sobre una vieja tierra, como olvidadas. Entre laureles
húmedos, la lluvia detenida por el más largo otoño.

Y entre soldados en bicicleta los grandes hongos redon-
dos inclinados por la niebla, las cabezas cubiertas de
enlutadas señoras. Desde el principio quietamente
juntas. Llenas de pausas como la lluvia.

Y las otras apenas como estatuas de estatuas.

Sobre una vieja tierra. Hechas para estar de pie yacen-
tes, dóciles. Con sus sonrisas que nunca duermen. Sobre una vieja tierra entre dos lluvias.

Bajo la frente cuando me pierdo. Vuelvo a buscar en
ellas el alto objeto de sus sonrisas siempre encendidas.

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