MANUEL JOSÉ OTHON


San Luis Potosí-México, 1858 – 1906

IDILIO SALVAJE
 


¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor o de un inmenso llanto.

II

Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba;
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minada por horrendo tajo.
Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto, de la roca viva;
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda ni un atajo.
asoladora atmósfera candente
de se incrustan las águilas serenas
como clavos que se hunden lentamente.
Silencio, lobreguez pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el balope triunfal de los berrendos.

III

En la estepa maldita, bajo el peso
de sibilante grisa que asesina,
irgues tu talla escultural y fina
como un relieve en el confín impreso.
El viento, entre los médanos opreso,
canta como una música divina,
y finge bajo la húmeda neblina,
un infinito y solitario beso.
Vibran en el crepúsculo tus ojos,
un dardo negro de pasión y enojos
que en mi carne y mi espíritu se clava;
y destacada contra el sol muriente,
como un airón, flotando inmensamente,
tu bruna cabellera de india brava.

IV

La llanura amarguísima y salobre,
enjuta cuenca de océano muerto,
y en la gris lontananza, como puerto,
el peñascal, desamparado y pobre.
Unta la tade en mi semblante yerto
aterradora lobreguez, y sobre
tu piel, tostada por el sol, el cobre
y el sepia de las rocas del desierto.
Y en el regazo donde sombra eterna,
del peñascal bajo la enorme arruga,
es para nuestro amor nido y caverna,
las lianas de tu cuerpo retorcidas 
en el torso viril que te subyuga,
con una gran palpitación de vidas.

V

¡Qué enferma y dolorida lontananza!
¡Qué inexorable y hosca la llanura!
Flota en todo el paisaje tal pavura
como si fuera un campo de matanza.
Y la sombra que avanza, avanza, avanza,
parece, con su trágica envoltura,
el alma ingente, plena de amargura,
de los que han de morir sin esperanza.
Y allí estamos nosotros, oprimidos
por la angustia de todas las pasiones,
bajo el peso de todos los olvidos.
En un cielo de plomo el sol ya muerto,
y en nuestros desgarrados corazones
¡El desierto, el desierto... y el desierto!

VI

¡Es mi adiós...! Allá vas, bruna y austera,
por las planicies que el bochorno escalda,
al verberar tu ardiente cabellera,
como una maldición, sobre tu espalda.
En mis desolaciones ¿qué te espera?
-ya apenas veo tu arrastrante falda-
una deshojazón de primavera
y una eterna nostalgia de esmeralda.
El terremoto humano ha destruido
mi corazón y todo en él expira.
¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!
Aún te columbro, y ya olvidé tu frente;
sólo, ay, tu espalda miro cual se mira
lo que huye y se aleja eternamente.

ENVÍO

En tus aras quemé mi último incienso
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya sólo queda el arenal inmenso.
Quise entrar en tu alma, y qué descenso,
¡qué andar por entre ruinas y entre fosas!
¡A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!
¡Pasó...! ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.
Y en mi ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,
y qué horrible disgusto de mi mismo!

ANGELUS DOMINI

Sobre el tranquilo lago, occiduo el dia,
flota impalpable y misteriosa bruma
y a lo lejos vaguísima se esfuma
profundamente azul, la serranía.
Del cielo en la cerúlea lejanía
desfallece la luz. Tiembla la espuma
sobre las ondas de zafir, y ahúma
la chimenea gris de la alquería.
Suenan los cantos del labriego; cava
la tarda yunta el surco postrimero.
Los últimos reflejos de luz flava
en el límite brillan del potrero
y, a media voz, la golondrina acaba
su gárrulo trinar, bajo el alero.

II

Ondulante y azul, trémulo y vago,
el ángel de la noche se avecina,
del crepúsculo envuelto en la neblina
y en los vapores gráciles del lago.
Del septentrión al murmurante halago
los pliegues de su túnica divina
se extienden sobre el valle y la colina,
para librarlos del nocturno estrago.
Su voz tristezas y consuelo vierte.
Humedecen sus ojos de zafiro
auras de vida y ráfagas de muerte.
Levanta el vuelo en silencioso giro
y, al llegar a la altura, se convierte
en oración, y lágrima, y suspiro.

EL RUISEÑOR

Oid la campanita, cómo suena,
el toque del clarín, cómo arrebata,
las quejas en que el viento se desata
y del agua el rodar sobre la arena.
Escuchad la amorosa cantilena
de Favonio rendido a Flora ingrata
y la inmensa y divina serenata
que Pan modula en la silvestre avena.
Todo eso hay en mis cantos. Me enamora
la noche; de los hombres soy delicia
y paz, y entre los árboles cubierto,
sólo yo alcé mi voz consoladora,
como una blanda y celestial caricia,
cuando Jesús agonizó en el huerto.

EL RIO

Triscad, oh linfas, con la grácil onda,
gorgoritas, alzad vuestras canciones.
y vosotros, parleros borbollones,
dialogad con el viento y con la fronda.
Chorro garrulador, sobre la honda
cóncava quiebra, rómpete en jirones
y estrella contra riscos y peñones
tus diamantes y perlas de Golconda.
Soy vuestro padre el río. Mis cabellos
son de la luna pálidos destellos,
cristal mis ojos del cerúleo manto.
Es de musgo mi barba trasparente,
ópalos desleídos son mi frente
y risa de las náyades mi canto.

UNA ESTEPA DEL NAZAS

¡Ni un verdecido alcor, ni una pradera!
Tan sólo miro, de mi vista enfrente,
la llanura sin fin, seca y ardiente
donde jamás reinó la primavera.
Rueda el río monótono en la austera
cuenca, sin un cantil ni una rompiente
y, al ras del horizonte, el sol poniente,
cual la boca de un horno, reverbera.
Y en esta gama gris que no abrillanta
ningún color; aqui, do el aire azota
con ígneo soplo la reseca planta,
sólo, al romper su cárcel, la bellota
en el pajizo algodonal levanta
de su cándido airón la blanca nota.

EL HIMNO DE LOS BOSQUES

I

En este sosegado apartamiento
lejos de cortesanas ambiciones,
libre curso dejando al pensamiento,
quiero escuchar suspiros y canciones.
¡El himno de los bosques! Lo acompaña
con su apacible susurrar el viento,
el coro de las aves con su acento,
con su rumor eterno la montaña.
El torrente caudal se precipita
a la honda sima, con furor azota
las piedras de su lecho, y la infinita
estrofa ardiente de los antros brota.
¡Del gigante salterio en cada nota
el salmo inmenso del amor palpita!

II

Huyendo por la selva presurosos
se pierden de la noche los rumores;
los mochuelos ocúltanse medrosos
en las ruinas, y exhalan los alcores
sus primeros alientos deleitosos.
Abandona mis parpádos el sueño,
la llanura despierta alborozada:
con su semblante pálido y risueño,
la vino a despertar la madrugada.
Del oriente los blancos resplandores
a aparecer comienzan; la cañada
suspira vagamente, el sauce llora
cabe la fresca orilla del riachuelo,
y la alondra gentil levanta al cielo
un preludio del himno de la aurora.
La bandada de pájaros canora
sus trinos une al murmurar del río;
gime el follaje temblador, colora,
y a lo lejos blanquea el caserío.
Y va creciendo el resplandor y crece
el concierto a la vez. Ya los rumores
y lor rayos de luz hinchen el viento,
hacen temblar el éter, y parece
que en explosión de notas y colores
va a inundar a la tierra el firmamento.

III

Allá, tras las montañas orientales,
surge de pronto el sol, como una roja
llamarada de indendios colosales,
y sobre los abuptos peñascales
ríos de lava incandescente arroja.
Entonces, de los flancos de la sierra
bañada en luz, del robledal oscuro,
del espantoso acantilado muro
que el paso estrecho a la hondonada cierra;
de los profundos valles de los lagos
azules y lejanos que se mecen
blandamente del aura a los halagos,
y de los matorrales que estremecen
los vientos, de las flores, de los nidos,
de todo lo que tiembla o lo que canta,
una voz poderosa se levanta
de arpegios y sollozos y gemidos.
Mugen los bueyes que a los pastos llevan
silbando los vaqueros, mansamente
y perezosos van, y los abrevan
en el remanso de la azul corriente.
Y mientras de las cabras el ganado
remonta, despuntando los gramales,
torpes en el andar, los recentales
se quejan blanda y amorosamente
con un tierno balido entrecortado.
Abajo, entre la malla de raíces
que el tronco de las ceibas ha formado,
grita el papán y se oye en el sembrado 
cuchichiar a las tímidas perdices.
Mezcla aquí sus ruidos y sus sones
todo lo que voz tiene: la corteza
que hincha la savia ya, crepitaciones,
su rumor misterioso la maleza
y el clarín de la selva sus canciones.
Y a lo lejos, muy lejos, cuando el viento,
que los maizales apacible orea,
sopla del septentrión, se oye el acento
y algazara que, locas de contento,
forman las campanitas de la aldea....
¡Es que también se alegra y alboroza
el viejo campanario! La mañana
con húmedas caricias lo remoza:
sostiene con amor la cruz cristiana
sobre su humilde cúpula; su velo,
para cubrirlo, tienden las neblinas,
como cendales que le presta el cielo
y en torno de la cruz las golondrinas
cantan, girando en caprichoso vuelo.

IV

Oigo pasar, bajolas frescas chacas,
que del sol templanlos ardientes rayos,
en bandadas, los verdes guacamayos,
dispersas y en desorden las urracas.
Va creciendo el calor. Comienza el viento
las alas a plegar. Entre las frondas,
lanzando triste y gemidor acento,
la solitaria tórtola aletea.
Suspenden los sauces su lamento,
calla la voz de las cañadas hondas
y un vago y postrer hálito menea,
rozando apenas, las espigas blondas.
Entonces otros múltiples rumores
como un enjambre llegan a mi oído:
el chupamirto vibra entre las flores,
sobre el gélido estanque adormecido
zumba el escarabajo de colores,
en tanto la libélula, que rasa
la clara superficie de las ondas,
desflora los cristales tembladores
con sus alas finísimas de gasa.
El limpio manantial gorgoritea
bajo el peñasco gris que le sombrea,
corre sobre las guijas murmurando,
lame las piedras, los juncales baña
y en el lago se hunde; la espadaña
se estremece a la orilla susurrando
y la garza morena se pasea
al son del agua cariñoso y blando.

V

Ya sus calientes hálitos la siesta
echa sobre los campos. Agostada
se duerme la amapola en la floresta
y, muerta, la campánula morada
se desarraiga de la roca enhiesta;
pero en la honda selva estremecida
no deja aún de palpitar la vida:
toda rítmicavoz la manifiesta.
No ha callado una nota ni un ruido:
en el espacio rojo y encendido
se oye a los cuervos crascitar, veloces
la atmósfera cruzando, y la montaña
devuelve el eco de sus roncas voces.
Las palomas zurean en el nido,
entre las hojas de la verde caña
se escucha el agudísimo zumbido
del insecto apresado por la araña,
las ramas secas quiébranse al ligero
salto de las ardillas, su chasquido
a unirse va con el golpeo bronco
del pintado y nervioso carpintero
que está en el árbol taladrando el tronco
y las ondas armónicas desgarra,
con desacorde son, el chirriante
metálico estridor de la cigarra.
Corre por la hojarasca crepitante
la lagartija gris; zumba la mosca,
luciendo al aire el tornasol brillante
y, agitando su crótalo sonante,
bajo el breñal la víbora se enrosca.
El intenso calor ha resecado
la savia de los árboles; cayendo
algunas hojas van y al abrasado
aliento de la tierra evaporado,
se recienta la crústula crujiendo.
En tanto yo, cabe la margen pura,
del bosque por los sones arrullado,
cedo al sueño embriagante que me enerva
y allo reposo y plácida frescura.
sobre la alfombra de tupida hierba.

VI

Trepando, audaz, por la empinada cuesta
y rompiendo los ásperos ramajes,
llego hasta el dorso de la abrupta cresta,
donde forman un himno, a toda orquesta,
los gritos de los pájaros salvajes.
con los temblores del pinar sombrío
mezcla su canto el viento, la hondonada
su salmodia, su alegre carcajada
las cataratas del lejano río.
Brota la fuente en escondida gruta
con plácido rumor y, acompasada,
por la trémula brisa acariciada,
la selva agita su melena hirsuta.
Esta es la calma de los bosques: mueve
blandamente la tarde silenciosa 
la azul y blanca y ondulante y leve
gasa que encubre su mirar de diosa.
Mas ya Aquilón sus furias aparejo
y su pulmón la tempestad inflama.
Ronco alarido y angustiosa queja
por sus gargantas de granito deja
la montaña escapar: maldice, clama,
el bosque ruje y el torrente brama
y, de las altas cimas despeñado,
por el espasmo trágico rompido,
rueda el vertiginoso acantilado 
donde han hacho las águilas el nido
y su salvaje amor depositado;
y al mirarle por tierra destruido,
expresión de su cólera sombría,
aterrador y lúgubre graznido
unen a la tremenda sinfonía.
Bajo hasta la llanura. Hinchado el río
arrastra, en pos, peñascos y troncones
que con las ondas encrespadas luchan.
En las entrañas del abismo frío
que parecen hervir, palpitaciones 
de una monstruosa víscera se escuchan.
Retorcidas raíces, al empuje
feroz, rompen su cárcel de terrones.
Se desgaja el espléndido follaje
del viejo tronco que al rajarse cruje;
el huracán golpea los peñones,
su última racha entre las grietas zumba
y es su postrer rugido de coraje
el trueno que, alejandose, retumba
sobre el desierto y lóbrego paisaje...

VII

Augusta ya la noche se avecina,
envuelta en sombras. El fragor lejano
del viento aún estremece la colina
y las espigas del trigal inclina,
que han dispersado por la tierra el grano.
Siento bajo mis pies trepidaciones
del peñascal; entre su quiebra oscura,
revuelto el manantial, ya no murmura,
salta, garrulador, a borbotones.
Son las últimas notas del concierto
de un día tropical. En el abierto
espacio del poniente; un rayo de oro
vacila y tiembla. El valle está desierto
y se envuelve en cendales amarillos
que van palideciendo. Ya el sonoro
acento de la noche se levanta.
Ya empiezan melancólicos los grillos
a preludiar en el solemne coro...
¡Ya es otra voz inmensa la que canta!
Es el supremo instante. Los ruidos
y las quejas, los cantos y rumores
escapados del fondo de los nidos,
de las fuentes, los árboles, las flores;
el sonrosado idilio de la aurora,
de estrofas cremesinas que el sol dora,
la égloga de la verde pastoría,
la oda de oro que al mediar el día
de púrpura esplendente se colora,
de la tarde la pálida elegía
y la balada azul, la precursora
de la noche tristisima y sombría:
todo ese inmenso y continuado arpegio,
y versos de un divino florilegio,
cual bandada de pájaros canora,
acude a guarecerse en la campana
de la rústica iglesia que; lejana,
se ve sobre las lomas descollando.
Y en el instante místico en que al cielo
el Angelus se eleva, condensando
todas las armonías de la tierra,
el himno de los bosques alza el vuelo
sobre lago, colinas, valle y sierra;
y al par de la expresión que en su agonía
la tarde eleva a la divina altura,
del universo el corazón murmura
esta inmensa oración: ¡Salve, María!

NOSTALGICA

O! ubi campi?
En estos días tristes y nublados
en que pesa la niebla sobre mi alma
cual una losa sepulcral, ¡ay! cómo
mis ojos se dilatan
tras esos limitados horizontes
que cierran las montañas,
queriendo penetrar otros espacios,
cual en un mar sin límites ni playas.
¡Pobre pájaro muerto por el frío!
¿para qué abandonaste tus campañas,
tu cielo azul, tus fértiles praderas
y viniste a morir entre la escarcha?...
¡Oh, mi naturaleza azul y verde!
¿dónde están tus profundas lontananzas
en que otros días engolfé mi vista,
anhelante de sombras y de ráfagas?
¿Dónde están tus arroyos bullidores,
tus negras y espantosas hondonadas
que poblaron mi espíritu de ensueños
o a los hondos abismos lo arrojaban?...
He de morir. Mas ¡ay! que no mi vida
se apague entre estas brumas. La tenaza
del odio, de la envidia el corvo diente
y el venenoso aliento de las almas
por la corte oprimidas, aquí sólo
podranme dar, al fin de la jornada,
la despesperación más que la muerte,
¡y yo quiero la muerte triste y pálida!
Y allá en tus verdes bosques, madre mía,
bajo tu cielo azul, madre adorada,
podré morir al golpe de un peñasco
descuajado de la áspera montaña;
o derrumbarme desde la alta cima
donde crecen los pinos y las águilas
viendo de frente al sol labran el nido
y el corvo pico entre las grietas clavan,
hasta el fondo terrible del barranco
donde me arrastren con furor las aguas.
Quiero morir alllá: que me triture
el cráneo un golpe de tus fuertes ramas
que, por el ronco viento retorcidas,
formen, al distenderse, ruda maza;
o bien, quiero sentir sobre mi pecho
de tus fieras los dientes y las garras,
madre naturaleza de los campos,
de cielo azul y espléndidas montañas.
Y si quieres que muera poco a poco,
tienes pantanos de agua estancadas...
¡Infiltrame en las venas el mortífero
hálito pestilente de tus aguas!

LA CANCIÓN DEL OTOÑO

I

Zumba ¡oh viento! zumba y ruge
dispersando la simiente;
que la crútula reviente
a la furia de tu empuje.
La hojarasca cruje, y cruje
el ramaje tristemente;
que tu garra prepotente
los retuerza y los estruje.
Resonando las serojas
se estremecen al chasquido
que crepita en las panojas,
y es canción en la espesura,
en las ruinas alarido
y en los nervios crispatura.

II

Bajo el oro fulgurante
del espacio, la llanada
se enrojece caldeada
por el sol reverberante;
y en la milpa, centelleante
por la escarcha de la helada,
blonda virgen cobijada
con un velo de diamante.
Oro y grana las campiñas
que el divino cielo cubre,
son sembrados y son viñas;
y a los soplos otoñales,
los viñedos seca Octubre
y Noviembre los maizales.

III

Ancho río, cauce angosto,
ya no se oye vuestro acento;
hoy seguís en curso lento,
resecados por Agosto.
Por el zumo del remosto
cuando corre, pasa el viento
preludiando tremulento
la anacreóntica del mosto...
Alza a ti la creatura
un acento soberano,
pues le ofrece tu ternura,
¡oh, invisible Pan divino!
tu substancia, que es el grano,
y tu sangre, que es el vino.

CANTO NUPCIAL

Un nuevo hogar es huerto florecido
de jazmines, y lirios, y azahares,
entre cuyas alburas estelares
se estremece el amor, como un latido.
Surge de cada flor, de cada nido
un verso del Cantar de los Cantares
y pasan, del Hermón por los pinares,
suspirando los vientos un gemido.
De Galaad por los collados bajan
triscando las ovejas. En las viñas
de Engaddi el zumo los racimos cuajan;
mientras la esposa ve, desde el umbroso
retiro, que atraviesa las campiñas
y se acerca a sus puertas, el esposo.
*
¡Oh, esposa! virgen y radiante, mira:
el amor en sus ojos centellea
y el coro de los sueños le rodea
y a su oído solícito suspira.
A infundirte su alma sólo aspira.
Su cerebro, que es urna de la idea,
cual una forja ignífera chispea.
Canta su corazón, como una lira.
¡El coro de los sueños! Los amigos
del esposo, que en júbilo inundados,
de su dicha inmortal serán testigos...
Los recuerdos del niño, los anhelos
viriles que le ascienden, ya encarnados,
en un viaje contigo, hasta los cielos.
*
Y a ti, joven y fuerte, en los umbrales
del sagrado refugio, jubilosa
te espera amante la rendida esposa
bajo los resplandores otoñales.
Tampoco sola está: las virginales
compañeras, de frente ruborosa,
tienden sobre ella su dosel de rosa,
al compás de los cánticos nupciales.
Son las ansias sin fin, las esperanzas,
las ilusiones del amor venidas
de azules y profundas lontananzas.
Todas alzan un himno al varón fuerte
que ha de llevar dos almas y dos vidas,
a través de la vida y de la muerte.

PAISAJES

Meridies
Rojo, desde el cenit, el sol caldea.
La torcaz cuenta al río sus congojas,
medio escondida entre las mustias hojas
que el viento apenas susurrando orea.
La milpa, ya en sazón, amarillea,
de espigas rebosante y de panojas,
y reveberan las techumbres rojas
en las vecinas casas de la aldea.
No se oye estremecerse el cocotero
ni en la ribera sollozar los sauces;
solos están la vega y el otero,
desierto el robledal, secos los cauces
y, tendido a la orilla de un estero,
abre el lagarto sus enormes fauces.
II
Noctifer
Todo es cantos, suspiros y rumores
Agítanse los vientos tropicales
zumbando entre los verdes carrizales,
gárrulos y traviesos en las flores.
Bala el ganado, silban los pastores,
las vacas mugiendo a los corrales,
canta la codorniz en los maízales
y grita el guacamayo en los alcores.
El día va a morir; la tarde avanza.
Súbito llama a la oración la esquila
de la ruinosa erminta, en lontananza.
Y Venus, melancólica y tranquila,
desde el perfil del horizonte lanza
la luz primera de su azul pupila.

POEMA DE LA VIDA

Canto Primero
Idilio

I
Es la suprema floración del año.
Ya la niebla no oculta los bohíos
y los nidos del bosque, ayer vacíos,
están llenos de pájaros hogaño.
Los vernales deshielos, como un baño,
el valle inundan con raudales fríos,
donde llenan sus ánforas los ríos
y beben las bandadas y el rebaño.
Ya de la sierra en el crestón gigante
desbaratóse el gélido turbante
que el invierno formó con sus neblinas
y, sobre el cielo azul, cuando atardece
la sarta de las grullas desaparece
y flotan las primeras golondrinas.

II

Estremécese el aura tremulenta
y la tierra, a los húmedos halagos,
sigue, ya sin temor a más estragos,
su fecunda labor, constante y lenta.
Doquier la vida su vigor ostenta:
festonea las lilas y los dragos,
hace brotar los mustios jaramagos,
hincha la yema y el botón revienta.
Al tronco de los Arboles se prende
de la hiedra la azul y verde malla,
que en el bardal su pabellón extiende.
Y, empapada del Eter en las ondas,
del sol al fuego, la capiña estalla
en explosión de pétalos y frondas.

III

En los collados y en la selva inculta
del maternal amor se muestra el celo:
oye el ave el reclamo, deja el cielo
y acude al nido que el ramaje oculta.
Entre las hojas de la encina adulta
se siente el ensayar del primer vuelo,
y en el pico de rosa del polluelo
su pico de ámbar la torcaz sepulta.
Muge la vaca en tanto que se aleja
la cría por las quiebras del camino
y, al blando son de la amorosa queja,
tiembla, cual amapola sobre el lino,
la roja lengüecilla de la oveja
del cordero el blanco vellocino.

Canto Segundo 
Epitalamio

I
Resplandece la bóveda infinita
con el fuego abrasante del verano
y, en la inmensa extensión, el soberano
elemento prolífico palpita.
La vida, como el alma de Afrodita,
todo lo enciende: al hongo en el pantano,
el ave y al cuadrúpedo en el llano
y en el huerto a la humilde bellorita.
Exhalan sus aromas penetrantes
el apio y la silvestre madreselva
y el laurel odorífero retoña.
Y, el balar de los hatos trashumantes,
en lo más escondido de la selva
tañe Pan su dulcísima zampoña.

II

Son las bodas campestres de las flores.
Al beso del amor, antes latente,
estremece sus ondas el ambiente,
írguense los estambres tembladores.
Se impregnan los insectos zumbadores
en el polen de oro refulgente
y al par le lleva en su regazo ardiente
el viento grácil esparciendo olores.
¡Oh, céfiro! ¡oh, abeja! ¡oh, mariposa!
¡con qué ansiedad tan pudibunda espera
vuestra llegada la naciente rosa!
Posad sobre su cáliz que el deseo
desflora, mientras canta Primavera
los eróticos cantos de Himeneo.

III

Todo, al soplar las brisas tropicales,
mueve la sangre y todo a amar provoca.
Naturaleza entera es una boca
donde palpitan besos inmortales.
Requiébranse en la rama los turpiales
lanzando su canción alegre y loca
y, en la cortante arista de la roca,
se acarician las águilas reales.
Tálamo de las tiernas golondrinas
es el aire, del tigre la espelunca,
del triscador ganado las colinas...
Nada tu fuerza poderosa trunca,
pues, renaciendo tú de las ruinas,
¡oh, fecundante Amor, no mueres nunca!

Canto Tercero
Elegía

I

En la intrincada senda, y en el rojo
peñón, y en la monótona llanura,
no queda ya ni un resto de verdura,
ni una brizna de hierba, ni un abrojo.
Tan sólo cuelga su último despojo
la seca hiedra, de la tapia obscura,
bajo la cual el ábrego murmura
y crujen las hacinas del rastrojo.
Viene la tarde cenicienta y fría
y una desolación abrumadora
se extiende sobre el monte y la alquería.
Nada se oye vivir. Sólo en la hora
del declinar tristísimo del día,
la parda grulla en el erial crotora.

II

¡Qué tristeza tan honda en el paisaje!
Del Norte frío al destructor aliento
suspendióse en el campo el movimiento
y gimieron los troncos y el ramaje.
Ya no hay nidos, ni cantos, ni follaje,
no se escucha un murmurio ni un acento
y apenas, junto al lago tremulento,
se oye graznar al ánade salvaje.
En las regiones de Aquilón desata
su furia y con fragor se precipita,
sin cesar, sin cesar escarcha y llueve;
mientras inmensamente se dilata
desesperante, trágica, infinita,
la sepulcral blancura de la nieve.

III

Si tan helada soledad impera
en el mar, en la tierra y en el cielo,
si ya no corre el límpido arroyuelo
ni se mece el rosal en la pradera,
¡ah! no pensemos que la vida muera:
amortajada con su blanco velo,
bajo la opaca crústula del hielo
una inmortal resurrección espera.
Mas ¿quien puede escuchar las misteriosas
voces que eleva en místico murmullo
el más alto seno de las cosas?
Nada sucumbe: el escondido germen,
la crisálida envuelta en su capullo,
la célula y el grano... ¡todos duermen!

A TRAVES DE LA LLUVIA

Llueve. Del sol glorioso
los rayos fulgurantes
refléjanse en el agua,
cual sobre níveo tul.
Topacios encendidos
y diáfanos brillantes
destilan temblorosos,
rayando el cielo azul.
El oro de la tarde
bañado por la lluvia,
inunda todo el éter,
espléndido y triunfal;
sacude sobre el campo
su cabellera rubia,
para empaparlo en gotas
de fúlgido cristal.
La aldea, allá a lo lejos,
detrás del sembradío,
del impalpable velo
que cúbrela, a través,
su blanca torre muestra,
su alegre caserío,
enamorada siempre
del aire montañés.
Se escapan del ardiente
fogón de los jacales
penachos criniformes
de cándido algodón,
que luego demenuzan
los vientos boreales,
prendiéndolos al pico
más alto del peñón.
Agita gravemente
sobre la verde falda,
sus cien robustos brazos
el índico nopal,
que siente coronarse
sus pencas de esmeralda
por tunas cremecinas 
de grana y de coral.
Para pintar las cumbres
el sol, divino artista,
aglomeró colores
de audaz entonación:
azul de lapizlázuli,
violáceo de amatista
y rojo flameante
de ardiente bermellón.
La lluvia, que gotea
en perlas virginales,
enciende más los vivos
matices de la luz:
el sepia en los troncones,
el flavo en los jacales
y el glauco en la colgante
melena del saúz.
Son carne las canteras,
las lajas obsidiana,
es mármol y alabastro
la aguja del crestón
y son gigantes bloques
de tersa porcelana
los riscos de la sierra
que descuajó el turbión.
La tarde va cayendo,
y aún llueve. Ya declina
el sol en la montaña
su coruscante sien;
con ópalos y perlas 
esmalta la colina,
irisa los picachos
con ópalos también.
El iris, sobre el cielo
que el sol poniente dora
estalla en luminosa
polícroma explosión;
de rosa y amarillo
las cúspides colora
y canta en el espacio
la universal canción.
Tendido tas la sierra,
cruzado por las gotas
de la sonante lluvia
que cae sin cesar,
es una lira etérea
de cristalinas notas
que se oye con los vientos
unísona vibrar.
Aún llueve. -El sol oculta
su agonizante disco,
dejando un horizonte
perlino y flor de lis.
Se van desvaneciendo
la cúpula y el risco,
y el sauce, sobre un vago
y enorme fondo gris.
A los arroyos mansos
el agua pura y fresca
desciende borbollante
del limpio manantial;
se quiebra con las gotas
que, en danza hechiceresca,
palpitan, bullen, saltan
sobre el azul cristal.
Y en torno dle pantano
que a poco se ennegrece,
bajo la red hojosa
que el saucedal tejió,
el fuego fatuo corre,
fulgura, palidece,
travieso duendecillo
que el fósforo engendró.
-¡Oh, lluvia alegre y buena!
tras tu fulgente velo,
ebria de luz y vida,
ve al alma aparecer
el aire alborozado,
y esplendoroso el cielo,
y el campo rebosante
de amor y de placer.
Y puede,tras tus gasas
flotantes y ligeras,
mirar, allá a lo lejos,
el labrador feliz,
cubiertas las campiñas
de blondas sementeras,
repletos los graneros
de trigo y de maíz.
¡Oh, lluvia, no decrezcas!
fecunda las simientes
que bajo el hondo surco 
ya germinado están;
que son tus diminutos 
aljófares lucientes,
para los campos, gloria;
para los pobres, pan.

LA CRUZ SOLA

Negro el altar, la bóveda desierta, 
el resplandor del moribundo día 
penetra por la angosta celosía
de la alta nave sobre el muro abierta.
Allá en la triste soledad incierta 
se levanta la cruz negra y sombría; 
Cristo, la inmensa luz que en ella ardía, 
descansa ya bajo la losa yerta.
¡Ay!, del mundo en el viaje solitario 
una luz nos ayuda en lontananza
a cargar con la cruz hasta el osario.
Y cuando al mal el corazón se lanza, 
así de nuestra vida en el calvario 
queda la cruz y muere la esperanza.

EPITALAMIO

Todo, al soplar las brisas tropicales, 
mueve la sangre y todo a amar provoca. 
Naturaleza entera es una boca
donde palpitan besos inmortales.
Requiébranse en la rama los turpiales, 
lanzando su canción alegre y loca
y, en la cortante arista de la roca, 
se acarician las águilas reales.
Tálamo de las tiernas golondrinas 
es el aire, del tigre la espelunca, 
del triscador ganado las colinas . . . 
Nada tu fuerza poderosa trunca, 
pues, renaciendo tú de las ruinas,
¡oh, fecundante Amor, no mueres nunca!

NOCHE RÚSTICA DE WALPURGIS

I. Invitación al poeta
Coge la lira de oro y abandona 
el tabardo, descálzate la espuela, 
deja las armas que para esta vela 
no has menester ni daga, ni tizona.
Si tu voz melancólica no entona
ya sus himnos de amor, conmigo vuela
a esta región que asombra y que consuela; 
pero antes ciñe la triunfal corona.
Tú, que de Pan comprendes el lenguaje, 
ven de un drama admirable a ser testigo. 
Ya el campo eleva su canción salvaje;
Venus se prende el luminoso broche . . . 
Sube al agrio peñón, y oirás conmigo 
lo que dicen las cosas en la noche.
II. Intempesta nox
Media noche. Se inundan las montañas 
en la luz de la luna transparente
que vaga por los valles tristemente 
y cobija, a lo lejos, las cabañas.
Lanzas de plata en el maizal las cañas 
semejan al temblar, nieve el torrente, 
y se cuaja el vapor trágicamente
del barranco en las lóbregas entrañas . . . 
Noche profunda, noche de la selva,
de quimeras poblada y de rumores, 
sumérgenos en ti: que nos envuelva 
el rey de tus fantásticos imperios 
en la clámide azul de sus vapores
y en el sagrado horror de sus misterios.
III. El harpa
Hay, en medio del rústico boscaje 
un tronco retorcido y corpulento; 
enorme roca sírvele de asiento 
y frondas opulentas de ropaje. 
Cuando, como a través de fino encaje, 
el rayo de la luna tremulento 
pasa desde el azul del firmamento, 
la verde filigrana del follaje, 
desbarátase en haz de vibradores 
hilos de luz que tiemblan, cual tañidos 
por un plectro que el céfiro menea. 
¡Harpa inmensa del campo, no hay cantores 
que a tus himnos respondan, ni hay oídos 
que comprendan tu estrofa gigantea!
IV. El bosque
Bajo las frondas trémulas e inquietas 
que forman mi basílica sagrada,
ha de escucharse la oración alada, 
no el canto celestial de los poetas. 
Albergue fui de druidas. Los ascetas, 
en mis troncos de crústula rugada, 
infligieron su frente macerada
y colgaron sus harpas los profetas. 
Y, en tremenda ocasión, el errabundo 
viento espantado suspendió su vuelo, 
al escuchar de mi interior profundo 
brotar, con infinito desconsuelo,
la más grande oración que desde el mundo 
se ha alzado hasta las cúpulas del cielo.
V. El ruiseñor
Oíd la campanita, cómo suena;
el toque del clarín, cómo arrebata; 
las quejas en que el viento se desata, 
y del agua el rodar sobre el arena.
Escuchad la amorosa cantilena
de Favonio rendido a Flora ingrata, 
y la inmensa y divina serenata
que Pan modula en la silvestre avena.
Todo eso hay en mis cantos. Me enamora 
la noche; de los hombres soy delicia 
y paz, y entre los árboles cubierto, 
sólo yo alcé mi voz consoladora, 
como una blanda y celestial caricia, 
cuando Jesús agonizó en el huerto.
Vl. El río 
Triscad, oh linfas, con la grácil onda; 
gorgoritas, alzad vuestras canciones, 
y vosotros; parleros borbollones, 
dialogad con el viento y con la fronda. 
Chorro garrulador, sobre la honda 
cóncava quiebra, rómpete en jirones 
y estrella contra riscos y peñones 
tus diamantes y perlas de Golconda. 
Soy vuestro padre el río. Mis cabellos 
son de la luna pálidos destellos, 
cristal mis ojos del cerúleo manto. 
Es de musgo mi barba transparente,
ópalos desleídos son mi frente 
y risas de las náyades mi canto. 
VII. Las estrellas
¿Quién dice que los hombres nos parecen, 
desde la soledad del firmamento,
átomos agitados por el viento, 
gusanos que se arrastran y perecen?
¡No! Sus cráneos que se alzan y estremecen 
son el más grande asombrador portento: 
fraguas donde se forja el pensamiento
y que más que nosotras resplandecen!
Bajo la estrecha cavidad caliza 
las ideas en ígnea llamarada 
fulguran sin cesar, y es, ante ellas,
toda la creación polvo y ceniza. . . 
los astros son materia... casi nada... 
¡y las humanas frentes son estrellas!
VIII. El grillo
¿Dónde hallar, oh mortal, las alegrías
que con mi canto acompañé en tú infancia? 
¿Quién mide la enormísima distancia
que éstos separa de tan castos días?
Luces, flores, perfumes, armonías, 
sueños de poderosa exuberancia
que llenaron de albura y de fragancia 
la vida ardiente con que tú vivías,
ya nunca volverán; pero cantando, 
cabe la triste moribunda hoguera, 
de tu destruida tienda bajo el toldo, 
hasta morir te seguiré mostrando
la ilusión, en la llama postrimera, 
el recuerdo, en el último rescoldo.
IX. Los fuegos fatuos
Bajo los melancólicos sauces q
ue sombrean el fétido pantano
y en la desolación del muerto llano 
sembrado de cadáveres y cruces,
se nos mira brillar, pálidas luces, 
terror del habitante rusticano; 
misteriosos engendros de lo arcano 
envueltos en fosfóricos capuces.
Mas al beso de amor del aire puro 
sobre la infecta corrupción, ileso 
fulguró nuestro ser cual a un conjuro. 
Que no existe lo estéril ni lo inerte
si Pan lo toca, y al brotar un beso 
siempre estalla la luz, aun de la muerte.
X. Los muertos
¡Piedad! ¡Misericordia! . . . Fueron vanos 
tanto soberbio afán y lucha tanta.
Ay, por nosotros vuestra queja santa 
levantad al Señor. ¡Orad, hermanos! 
Si oyerais el roer de los gusanos
en el hondo silencio, cómo espanta, 
sintierais oprimida la garganta
por invisibles y asquerosas manos.
Mas no podéis imaginar los otros 
tormentos que hay bajo la losa fría: 
¡la falta, la carencia de vosotros;
la soledad, la soledad impía! . . .
¡Ay, que llegue, oh Señor, para nosotros 
de la resurrección el claro día!
XI. Las aves nocturnas
¡A infundir con el vuelo y los chirridos 
más horror en la noche, más negrura 
en los antros del monte y más pavura 
en las ruinas de sótanos hendidos!
¡A seguir a los pájaros perdidos
de la arboleda entre la sombra oscura 
y con la garra ensangrentada y dura 
a darles muerte y a asolar sus nidos! 
¡A lanzar tan horrísonos acentos, 
desde la cruz del viejo campanario, 
que el valor más indómito se quiebre! 
¡A remedar terríficos lamentos,
de dientes estridor, crujir de osario
y espasmódicos gritos de la fiebre! . . .
XII. Intermezzo
Vamos al aquelarre. En la sombría 
cuenca de la montaña, las inertes 
osamentas se animan a los fuertes 
gritos que arroja la caterva impía. 
Van llegando sin Dios y sin María, 
présagos de catástrofes y ~muertes...
Pienso que el cielo llora. . . ¿No lo adviertes? 
Venus es una lágrima muy fría.
Tras nahuales y brujas el coyote 
ulula clamoroso, y aletea,
sobre el negro peñón; el tecolote. 
La lechuza silbando horrorizante 
se junta a la fatídica ralea
¡y el Vaquero Marcial llega triunfante!
XIII. Las brujas
-Todas las noches me convierto en cabra 
para servir a mi señor el chivo,
pues, vieja ya, del hombre no recibo
ni una muestra de amor, ni una palabra.
-Mientras mi esposo está labra que labra 
el terrón, otras artes yo cultivo.
¿Ves? Traigo un niño ensangrentado y vivo 
para la cena trágica y macabra.
-Sin ojos, pues así se ve en lo oscuro, 
como ven los murciélagos, yo vuelo 
hasta escalar del camposanto el muro.
-Trae un cadáver frío como el hielo. 
Yo a los hombres daré del vino impuro 
que arranca la esperanza y el consuelo.
XIV. Los nahuales
¡Sús, Vaquero Marcial! De nuestra boca 
los conjuros oirás: aunque en la brega 
quedaste vencedor, siempre a ti llega
de los hombres la voz que te provoca. 
¡Por donde quiera el mal! Tu mano toca 
las campiñas también. Ya en ronda ciega 
el coro de las brujas se despliega
de ti en derredor, sobre 1a abrupta roca. 
Hijas sois de 1a víbora y el sapo:
de vuestro hediondo seno sacad presto 
las efigies ridículas de trapo. . .
¡Oh, representación de los mortales! 
mostrad aquí vuestro asombrado gesto 
en la danza infernal de los nahuales.
XV. El gallo
Hombre, descansa. De tu hogar ahuyento 
el nocturno terror y estoy en vela. 
Sombras de muerte cuyo soplo hiela, 
con mi agudo clarín os amedrento.
Huya la luz y te descuide el viento, 
por preludiar su dulce pastorela. 
Contra el mal, poderoso centinela, 
a su paso espectral estoy atento.
No te inquiete el horrísono alarido 
que escuches en tu sueño, por la vana 
pesadilla maléfica oprimido.
Ya pondrá fin a su croar la rana, 
y yo, con alegrísimo sonido, 
entonaré la jubilosa diana.
XVI. La campana
¿Qué te dice mi voz a la primera 
luz auroral? "La muerte está vencida, 
ya en todo se oye palpitar Ia vida, 
ya el surco abierto Ia simiente espera." 
Y de la tarde en la hora postrimera: 
"Descansa ya. La lumbre está encendida 
en el hogar . . ." Y siempre te convida 
mi acento a la oración en donde quiera.
Convoco a la plegaria a los vivientes, 
plaño a los muertos con el triste y hondo 
són de sollozo en que mi duelo explayo.
Y, al tremendo tronar de los torrentes 
en pavorosa tempestad, respondo
con férrea voz que despedaza el rayo. 
XVII. La montaña
El encinar solloza. La hondonada 
que raja el monte, es una boca ingente
por donde gira el bramador torrente 
de furiosa melena desgreñada.
La piedra tiene acentos. Vibra cada 
roca, como una cuerda, intensamente, 
que en sus moles quedó perpetuamente 
del Génesis la voz petrificada.
Del hondo seno de granito escucha 
las voces, oh poeta. Clama el oro:
"¡Vive y goza, mortal!" El hierro: "¡Lucha!"
Mas oye, al par, sobre la altura inmensa, 
cantar en almo y perdurable coro
a las agudas cumbres: "¡Ora y piensa!"
XVIII. Un tiro
Duda mortal del alma se apodera, 
al oír en la noche la lejana 
detonación, que turba y que profana 
el silencio del bosque y la pradera. 
¿Será la bala rápida y certera 
que pone fin a la existencia humana, 
o el golpe salvador que, en lucha insana, 
asesta el montañés sobre la fiera? . . . 
Ese ruido mortífero y tonante 
hace temblar al alma sorprendida, 
cuando está de lo incógnito delante. 
Para arrancar o defender la vida, 
lo producen lo mismo el caminante 
y el guarda, el asesino y el suicida. 
XIX. El perro
No temas, mi señor: estoy alerta 
mientras tú de la tierra te desligas 
y con el sueño tu dolor mitigas, 
dejando el alma a la esperanza abierta. 
Vendrá la aurora y te diré: "Despierta, 
huyeron ya las sombras enemigas." 
Soy compañero fiel de tus fatigas 
y celoso guardián junto a tu puerta. 
Te avisaré del rondador nocturno, 
del amigo traidor, del lobo fiero 
que siempre anhelan encontrarte inerme.
Y si llega con paso taciturno
la muerte, con mi aullido lastimero 
también te avisaré... ¡Descansa y duerme!
XX. La sementera
Escucha el ruido místico y profundo 
con que acompaña el alma primavera 
esta labor enorme que se opera
en mi seno fructífero y fecundo.
Oye cuál se hincha el grano rubicundo 
que el sol ardiente calentó en la era. 
Vendrá otoño que en mieses exubera 
y en él me mostraré gala del mundo. 
La madre tierra soy: vives conmigo,
a tu paso doblego mis abrojos, 
te doy el alimento y el abrigo.
Y cuando estén en mi regazo opresos 
de tu vencida carne los despojos
¡con cuánto amor abrigaré tus huesos!
XXI. Lumen 
Las sombras palidecen. Es la hora
en que, fresca y gentil, la madrugada 
va a empaparse en el agua sonrosada 
que ya muy pronto verterá la aurora.
El cielo vagamente se colora
de virginal blancura inmaculada
y hace en el firmamento su morada 
la luz, de las tinieblas vencedora.
Sobre las níveas cumbres del oriente 
en ópalos y perlas se deslíe,
que desbarata en su cristal la fuente. 
Del vaho matinal se extiende el velo 
y todo juguetea, y todo ríe,
en la tierra lo mismo que en el cielo.
XXII. Adiós al poeta
¡Santa Naturaleza, madre mía! 
Me has cobijado en tu regazo inmenso 
y disipaste con tu soplo intenso 
la nube del dolor que me envolvía.
Mas, ay, vuelve la vida ingrata y fría; 
mi sueño celestial quedó suspenso... 
Ya alza la tierra su divino incienso
y en su carro triunfal asoma el día. 
Poeta: es fuerza abandonar el monte. 
Bajemos, pues ya al ras del horizonte
Venus agonizante parpadea,
tú al teatro, a la clínica, al Senado;
l yo a vegetar tranquilo y olvidado
en el rincón oscuro de mi aldea.
Envío
En tus aras quemé mi último incienso 
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas 
ya sólo queda el arenal inmenso.
Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso! 
¡qué andar por entre ruinas y entre fosas! 
¡A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!
¡Pasó!. . . ¿Qué resta ya de tanto y tanto 
deliquio? En ti ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.
Y en mí ¡qué hondo y tremendo cataclismo! 
¡qué sombra y qué pavor en la conciencia, 
y qué horrible disgusto de mí mismo!

http://www.los-poetas.com/i/othon1.htm



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