JOSÉ ROSAS MORENO


Lagos de Moreno, Jalisco-México, 1838 - León, Guanajuato, 1883

¡QUIÉN PUDIERA VIVIR SIEMPRE SOÑANDO!

Es la existencia un cielo,
cuando el alma soñando embelesada,
con amoroso anhelo,
en los ángeles fija su mirada.
¡Feliz el alma que a la tierra olvida
para vivir gozando!
¡Quién pudiera olvidarse de la vida!
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!
En esa estrecha y mísera morada
es un sueño engañoso la alegría;
la gloria es humo y nada
y el más ardiente amor gloria de un día.
Afán eterno al corazón destroza
cuando los sueños ¡ay! nos van dejando.
Sólo el que sueña goza.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!
De su misión se olvidan las mujeres,
los hombres viven en perpetua guerra;
no hay amistad, ni dicha, ni placeres;
todo es mentira ya sobre la tierra.
Suspira el corazón inútilmente . . .
la existencia que voy atravesando
es hermosa entre sueños solamente.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!
Sin mirar el semblante a la tristeza,
pasé de la niñez a la dulce aurora,
contemplando entre sueños la belleza
de ardiente juventud fascinadora.
Pero ¡ay! se disipó mi sueño hermoso,
y desde entonces siempre estoy llorando
porque sólo el que sueña es venturoso.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

EL VALLE DE MI INFANCIA 

Salud, ¡oh valle hermoso! 
Albergue de placer, donde dichoso 
entre sueños espléndidos de amores, 
vi deslizarse un día,
cual se desliza el agua entre las flores, 
los dulces años de la infancia mía. 
Valle umbroso, salud: hoy el viajero 
tu abrigo lisonjero
busca ansioso con ávida mirada, 
bendice la quietud de tus vergeles, 
y reclina su frente ensangrentada 
a la sombra feliz de tus laureles. 
Aquí esta la montaña, allí está el río; 
allá del bosque umbrío
la silenciosa majestad se admira; 
allí el lago retrata el firmamento; 
la fuente, más allá, lenta suspira,
y agitando los sauces gime el viento. 
Allí la cruz está donde, inspirado, 
el bien del desgraciado
imploraba con místico cariño, 
elevando a los cielos mis plegarias, 
y estas agrestes rocas solitarias
las mismas son que amé cuando era niño. 
Pero es otro el rocío, otra la brisa
que hoy el abril te da con su sonrisa; 
otras las rosas son de encanto llenas
que brillan entre el césped de tu alfombra, 
y otras, y otras también las azucenas
que crecen a tu sombra.
Cual las olas que pasan suspirando 
los años van pasando;
un instante con flores se embellecen, 
un punto brilla su fulgor mentido,
y al fin se desvanecen
en las oscuras sombras del olvido. 
¿En dónde están ahora aquellas rosas 
tan puras, tan hermosas?...
Están, ¡oh valle!, donde está la calma 
de aquellos bellos días tan risueños; 
en donde está mi amor, gloria del alma,
y en donde están también mis dulces sueños. 
Yo era feliz aquí; yo me adormía
en plácida alegría,
por la dulce inocencia acariciado, 
sin más amor que tú, sin otro anhelo 
que amar tus flores y cruzar tu prado, 
cantar tus fuentes y mirar tu cielo. 
Una tarde las aves se alejaban,
y al ver como volaban,
sentí el alma agitarse en ansias locas 
y quise, como el águila atrevida, 
cruzar las selvas, dominar las rocas, 
y aspirar otro ambiente y otra vida: 
Y al huracán seguí; y al ver el mundo 
sentí en el corazón horror profundo; 
anhelé las tranquilas soledades
donde feliz reía,
y sentí que mi espíritu oprimía
la atmósfera letal de las ciudades. 
Gozo y placer busqué, gloria y ventura; 
y sólo hallé amargura,
inquietudes y afán, tedio y congojas; 
del viento del dolor al soplo ardiente, 
cual de tus bellos árboles las hojas, 
se secó la guirnalda de mi frente. 
En vano allí busqué la dulce calma 
y el casto amor del alma:
sólo en la multitud con mis pesares
me confundí gimiendo,
y apagóse perdido entre el estruendo
el tímido rumor de mis cantares.
Esquivando el furor de la tormenta, 
cual ave voy que el huracán ahuyenta, 
y ansioso busco ahora
en tu silencio plácido y tranquilo, 
el apacible asilo
donde al menos en paz el alma llora. 
También, ¡oh valle!, a marchitar tus galas 
la airada tempestad tiende sus alas;
tus flores huella y con furor se agita 
marchitando sus vívidos colores... 
¡Dichosas esas flores
que el huracán marchita!
Lejos contemplo ya la infancia mía, 
y muy lejos la tumba todavía; 
oculto afán me mata,
mi destino en la tierra es muy incierto, 
y lúgubre a mi vista se dilata
inmenso el porvenir como un desierto. 
Sin oír una voz dulce y querida,
solo estoy en el valle de la vida, 
cual el ciprés doliente
que en eterno abandono se consume, 
sin guirnaldas de hiedras en su frente, 
sin que le dé una flor grato perfume. 
Nadie piensa en mi amor, nadie me mira, 
nadie por mí suspira;
tan sólo la tristeza con mis dolores gime,
y entre sus brazos trémula me oprime 
y reclina en su seno mi cabeza.
E1 alma ardiente que en mi afán seguía 
dulce hermana inmortal del alma mía, 
me niega su ternura,
y sin oír mi queja,
insensible a mi amarga desventura, 
sin enjugar mis lágrimas se aleja.
Ya que en vano la llamo cariñoso
para cruzar con ella el bosque umbroso,
para contarle amante mi querella
y dividir con ella mi alegría,
para soñar con ella
esta sombra de amor que dura un día. 
A lo mejor gozar el alma quiere
en el sueño ideal que nunca muere, 
del infinito anhelo
en que Dios le revela su destino, 
la esperanza feliz del bien divino
con que existen las almas en el cielo.
Aquí morir quisiera
al rumor de tu brisa lisonjera;
pero ¡ay! delirio, mi ansiedad es vana 
y el soplo sigo del destino airado... 
¡Quién sabe en dónde me hallaré mañana! 
¡Quién sabe en dónde moriré ignorado! 
Queda en paz, dulce valle, umbroso asilo, 
donde existe tranquilo,
plácido albergue de mi amor primero. 
Ya va el sol ocultando sus fulgores, 
y adiós te dice el infeliz viajero 
empapando en sus lágrimas tus flores.

La vuelta de la aldea
Ya el sol oculta su radiosa frente;
Melancólico brilla en occidente
Su tímido esplendor;
Ya en las selvas la noche inquieta vaga
Y entre las brisas lánguido se apaga
El último cantar del ruiseñor.
¡Cuánto gozo escuchando embelesado
ese tímido acento apasionado
que en mi niñez oí!
Al ver de lejos la arboleda umbrosa
¡cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
la dicha que perdí!
Aquí al son de las aguas bullidoras,
De mi dulce niñez las dulces horas
Dichoso vi pasar,
Y aquí mil veces, al morir el día 
Vine amante después de mi alegría
Dulces sueños de amor a recordar.
Ese sauce, ese fuente, esa enramada,
De una efímera gloria ya eclipsada
Mudos testigos son:
Cada árbol, cada flor, guarda una historia
De amor y placer, cuya memoria
Entristece y halaga el corazón.
Aquí está la montaña, allí está el río;
A mi vista se extiende el bosque umbrío
Donde mi dicha fue.
¡cuántas veces aquí con mis pesares 
vine a exhalar de amor tristes cantares!
¡Cuánto de amor lloré!
Acá la calle solitaria; en ella
De mi paso en los céspedes la huella
El tiempo ya borró.
Allá la casa donde entrar solía
De mi padre en la dulce compañía.
¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!
Desde esa fuente, por la vez primera,
Una hermosa mañana, la ribera 
A Laura vi cruzar,
Y de aquella arboleda en la espesura,
Una tarde de mayo, con ternura
Una pálida flor me dio al pasar.
Todo era entonces para mi risueño;
Mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
Y un sueño fue mi amor.
Cual eclipsa una nube al rey del día,
La desgracia eclipsó la dicha mía
En su primer fulgor.
Desatóse estruendoso el torbellino,
Al fin airado me arrojó el destino
De mi natal ciudad.
Así cuando es feliz entre sus flores
¡ay del nido en que canta sus amores
arroja al ruiseñor la tempestad.
Errante y sin amor siempre he vivido;
Siempre errante en las sombras del olvido...
¡Cuán desgraciado soy!
Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
Ha escuchado mi queja cariñosa,
Y aquí otra vez estoy.
No se, ni espero, ni ambiciono nada;
Triste suspira el alma destrozada
Sus ilusiones ya:
Mañana alumbrará la selva umbría
La luz del nuevo sol, y la alegría
¡jamás al corazón alumbrará!
Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
Triste el sol derramaba en occidente
Su moribunda luz:
Suspiraba la brisa en la laguna
Y alumbraban los rayos de la luna
La solitaria cruz.
Tranquilo el río reflejaba al cielo,
Y una nube pasaba en blando vuelo
Cual pasa la ilusión;
Cantaba el labrador en su cabaña,
Y el eco repetía en la montaña
La misteriosa voz de la oración.
Aquí está la montaña, allí está el río...
Mas ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
Dónde mi amor está?
Volvieron al vergel brisas y flores,
Volvieron otra vez los ruiseñores...
Mi amor no volverá.
¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
de los bosques los lirios, y del cielo
el mágico arrebol;
el rumor de los céfiros suaves
y el armonioso canto de las aves,
si ha muerto ya de mi esperanza el sol?
Del arroyo en las márgenes umbrías
No miro ahora, como en otros días,
A Laura sonreír.
¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
ardiente en vano su piedad imploro:
¡jamás ha de venir!.



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