JAIME GARCÍA TERRÉS


Ciudad de México, 1924-1996


AMOR, EL ANIMOSO HERMANO

Amor, el animoso hermano
menor de las virtudes, al nacer ha trocado
mi corazón en una madre;
que así pasa la noche calculando
los años de sus hijos, y pregunta
si los poderes que gobiernan la vida del más tierno
son redentores o maléficos; si las estrellas que rigieron
su nacimiento auguran vida al amor, o muerte.
Ah, corazón, ¿en dónde buscas?
¿Son aquéllos los hados que presiden tus días?
Saben bien que hay un rostro, en cada una
de cuyas mágicas miradas la belleza
abre las páginas del Libro del Destino
que la fortuna del amor inscriben.

Ah, corazón, ella y sus ojos
te enseñaran mayor astrología.
Encima del dictado de las horas natales,
sobre los signos y las conjunciones,
en la misericordia de sus ojos está ya señalado
si el pobre amor aguarda vida o muerte.
Si esos agudos rayos, revistiendo
mortales filos, del amor urgiesen la partida
(aun cuando los cielos acordaren
entronizar un sino diferente;
aun cuando los astros más propicios, en cruce
con la más generosa de las constelaciones,
hubiesen bendecido el natalicio,
y rogado a la tierra solidaria
que alfombrase la ruta del nacido,
de cuantos bienes confortaren esta sangre joven),
al más leve desdén de la belleza,
el amor hallará definitivamente muerte.
Pero si en ella prevalecen los influjos piadosos,
y dora del amor humilde la esperanza:
(aunque desfavorables ennegrezcan
las miradas celestes, la cuna del amor;
pese a que todos los diamantes
en la corona del soberbio Júpiter
determinen agobios a su frente )
podían los ojos de ella rescatarlo;
sonríe la belleza y el amor sobrevive.
Ay, si el amor perdura, ¿dónde, si en ella no,
si no en sus ojos, sus oídos, en su pecho, si no
en el aliento suyo esconderé al amor de la temible muerte?
Pues en la vida que le dieren otros sitios,
perecerá el amor con estar vivo.
O si el amor perece, ¿dónde, si en ella no,
sino en sus ojos, sus oídos, en su pecho, sino
en el aliento suyo, dispondré los funerales?
En tumba semejante recluido
el amor vivirá, con estar muerto.

BALADA

Esta manera de soñar que tengo.
tan a lo vivo, tan sin ley,
a mis labios imparte contradicciones y desvíos. 
El grito se confunde con la más honda tristeza; 
la tormenta fecunda calmas decisivas. 
En un mismo papel quedan grabados
hijos diversos de diversa llama.
por este sueño mío. vagabundo.

Los lunes me levanto belicoso,
el miércoles me sabe amarga ya la boca,
taciturno fallece todo el viernes,
y el sábado me río descaradamente.
Jornadas van, jornadas vienen,
jamás iguales entre sí,
por este sueño mío, vagabundo.

Las palabras que dije, las coplas que medí,
verdades fueron un instante,
después nada.
Testimonio caduco, mantienen su postura,
perpetuas en su gesto momentáneo,
cual momias de convento.
A la vez concebidas, muertas, embalsamadas,
por este sueño mío, vagabundo.

Señores y señoras, desnudo tiempo soy
con alas imperiosas.

Desconozco la tregua; fluyendo me transformo
al ritmo de un tic-tac voluble,
siervo leal que mira
por este sueño mío, vagabundo.

ESTA DESMEMORIA MÍA

Yo no tengo memoria para las cosas que pergeño.
Las olvido con una
torpe facilidad. Y se despeña
mi prosa por abismos fascinantes,
y los versos esfuman su tozudez como si nada.

A veces ni siquiera recuerdo los favores
de la bastarda musa pasajera,
ni los ayes nerviosos del alumbramiento.
No sé, pero me cansan tantos
anacrónicos ecos, tantos rastros
gustados a deshora. 

Mejor así, progenie de papel y de grafito.
Mejor que te devoren 
los laberintos del cerebro,
apenas declarado tu primer vagido.

Así yo seguiré sin lastre alguno
fraguando más capullos (devociones 
efímeras, incendios absolutos), 
y después otros más, y más aún, hasta morir del todo.

IDILIO

Adolezco de fútiles cariños 
unos con otros ayuntados. 
Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo 
retratos azarosos y animales domésticos. 
Me absorben los rumores en la calle,
los muros blancos al amanecer, 
la lluvia, los jardines públicos.
Mapas antiguos, mapas nuevos, llenan mi casa.
La música más frívola complace mis oídos. 
Innumerables, leves,
como la cabellera de los astros,
giran en torno a mi destino minucias y misterios.
Red que la vida me lanza; 
piélago seductor entre cuyo paisaje voy sembrándome.

UMBRAL DEL HIJO

Viva sospecha de carne no mirada,
voz ya, promesa
de más cautelas y solicitudes,
palabra todavía,
que figura tinieblas aledañas.
Allí se mueve, sólido,
cuerpo que no se ve pero se tiene,
se sabe, se dibuja
con dormidos asedios entretanto.
Amor ayer, hoy prisionero leve,
árbol será de todas las mañanas.


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