IGNACIO RAMÍREZ CALZADA


San Miguel el Grande, Guanajuato, 1818 - Ciudad de México, 1879

AL AMOR
 


¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado,
de mí te burlas? Llévate esa hermosa
doncella tan ardiente y tan graciosa
que por mi oscuro asilo has asomado.

En tiempo más feliz, yo supe osado
extender mi palabra artificiosa
como una red, y en ella, temblorosa,
más de una de tus aves he cazado.

Hoy de mí mis rivales hacen juego,
cobardes atacándome en gavilla,
y libre yo mi presa al aire entrego;

al inerme león el asno humilla...
Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego
tú mismo a mis rivales acaudilla.

A SOL

La luz de aquella tarde, amada mía,
que pintó en mi alma por la vez primera
las rosas de tu imagen hechicera,
no se apaga en mi inquieta fantasía.

En tu frente, en tus rizos todavía,
y en tus dulces miradas reverbera;
juega con tu sonrisa placentera,
y arde con el rubor que te teñía.

Sentí en mis pies, al ausentarme, abrojos;
sentí domado el corazón salvaje,
y devoré cien gritos lastimeros.

¿Tú me amaste? No sé; pero tus ojos
descubrí tras un albo cortinaje
como entre leves nubes dos luceros.

HEME AL FIN EN EL ANTRO...

Heme al fin en el antro de la muerte
do no vuelan las penas y dolores,
do no brillan los astros ni las flores,
donde no hay un recuerdo que despierte.

Si algún día natura se divierte
rompiendo de esta cárcel los horrores,
y sus soplos ardientes, erradores
sobre mi polvo desatado vierte,

yo, por la eternidad ya devorado,
¿gozaré si ese polvo es una rosa?
¿gemiré si una sierpe en él anida?

Ni pesadillas me dará un cuidado,
ni espantará mi sueño voz odiosa,
ni todo un Dios me volverá a la vida.


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