KONSTANTIN SIMONOV


Petrogrado-Rusia, 1915- Moscú, 1979

ESTOY MUY SOLO...

       Estoy muy solo y muy triste...
¡Oh, si pudiera encontrar
otra mujer como ella
en vez de volver atrás!

       Mas, ¿dónde hallar unas manos
que ausentes causen pesar?

       ¿Dónde encontrar unos ojos
de tan altivo mirar,
ojos llenos de soberbia
que nunca los vi llorar?

       ¿Dónde hallar los mismos labios
que rían y canten igual,
que yo viviera temiendo
no me vuelvan a besar?

       ¿Dónde hallar otra como ella
a quien poder perdonar,
que la vida al lado suyo
fuera cruel felicidad?
¿Que de todas las madrugadas,
después de largo velar,
me levantara como ella,
redomado y contumaz?

       Que amante y loca una noche
yo la pudiera abrazar
y mañana sea de piedra
imposible de ablandar.

       Y que entonces, con dolor,
yo tuviera que escuchar
maldiciéndome a mí mismo:
“No me vuelvas a tocar...”

       Que en la quietud de la noche
al sorprender su velar
encuentre en ella dos almas
y a las dos las quiera igual.

       De la noche a la mañana
ignorar qué pasará;
no saber al día siguiente
cuál alma me mostrará.
              
       Atormentado por ella
no podía vivir más;
quise entregar mi cariño
a otra mujer más leal.

       Pero sé que es imposible
tal compañera encontrar
y que al fin será ella misma
a quien yo vaya a buscar,
porque no existe en el mundo
ninguna mujer igual:
tan mala, ni tan preciosa,
ni tan maldita, en verdad...

LA MUERTE DE UN AMIGO

       No es verdad: un amigo no muere;
 tan sólo deja de estar a tu lado.
 No comparte más el pan contigo,
 ni bebe más de tu caramañola.

    En la fosa cubierta por la nieve,
 no canta más la canción de sobremesa,
 y cerca de ti, bajo la misma capa,
 no duerme más junto al brasero.

       Pero todo lo que ha pasado entre vosotros,
 todo lo que os seguía en vuestras huellas,
 no pudo quedarse
 con sus restos, en la tumba.

     Heredero de ira y desdén,
 después que perdiste a tu amigo,
 te volviste para siempre
 dueño de doble vista y oído.

       Legamos amor a nuestras mujeres;
 recuerdos a nuestros hijos;
 pero en los campos quemados por la guerra,
 a los amigos legamos el caminar.

       Aún nadie conoce un remedio
 para las muertes repentinas.
 Más y más grave se vuelve el peso de la herencia,
 más y más estrecho el círculo de tus amigos.

       Carga entonces su peso, vagando en las batallas.
 No dejes caer nada.
 Pasa con él la noche bajo el fuego.
 Cárgalo. Cárgalo.

       Cuando ya no puedas cargarlo más,
 recuerda que al perecer
 tan sólo lo transferirás a los hombros
 de los que vivan aún.

       Y alguien, sin haberte visto,
 de terceras manos tu peso tomará,
 y vengando a los muertos, y odiando,
 hasta la victoria lo llevará. 

http://letrinaheridos.blogspot.com/2010/10/esperame-de-konstantin-simonov.html

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