ANTONIO REQUENI



Buenos Aires-Argentina, 1930

SONETOS DEL AMOR

Te quiero con temblor de lentos ríos,
con madurez de júbilo y con llanto
con mi sed, que se ahonda cuando canto
con mi razón, entre mis desvaríos.

Con mi muerte en los huesos, con mi vida,
con mi sangre que irrumpe y que te nombra
sobre el has del poema, con mi sombra
donde baila una luz entrometida.

Te quiero en la costumbre de mis gentes,
con mis calles, mis árboles y fuentes,
con lo que soy, exalto y enumero.

Fluyo hacia ti y en tu delirio me hundo.
Y es a la vez conmigo todo el mundo
el que te quiere, porque yo te quiero.

Ahora que estoy vivo y estás viva
palpo tu piel, te nombro a dentelladas,
nuestras bocas se baten como espadas,.
Ya viaja por tus besos mi saliva.

Como aquel barco ebrio, a la deriva,
mi instinto roza orillas encantadas.
¡Oh penínsulas trémulas! ¡Oh radas
en donde anclara la pasión altiva!

Que delicia iracunda ésta de asirte
y, sorbo a sorbo recorrerte, amarte,
para después en lo más hondo herirte.

¡Oh cuerpo! ¡Oh luz! ¡Verdad en que me alojo;
estoy en ti, soy como el que parte
la mar en dos con un espasmo rojo!

ÚLTIMO POEMA

Quise amarte y te amé. Junto a mi voz te quise
para nombrar contigo la defunción del sueño
Tú eras verdad. Estabas. Y un sutil poderío
me arrastraba a tus formas de alabastro magnético.

Tus ojos navegables, tus cabellos de lluvia,
tus pechos que rotaron impunemente míos;
todo lo que tus labios, sin hablar, descifraban:
la identidad del goce, la embriaguez del olvido.

Pero también, y acaso talismán más seguro,
los gestos, las llamadas, los minúsculos hábitos;
el hombro en que se acoge las fatigas del día,
las manos que se juntan en un parque con pájaros.

Así te amé y me amaste; lo sé, fuimos felices,
como escolares que vienen en tranvías celeste.
Y las noches nos vieron entrelazados, puros,
nupciales, orgullosos, rendidos, inocentes.

Todo ha pasado. Todo. Nunca estaremos juntos.
Una rosa marchita son tu nombre y mi nombre.
Sin embargo te amé como un niño, lo juro;
igual que el niño que ama su juguete y lo rompe.

PIEDRA LIBRE


El padre juega con sus criaturas.
La cara vuelta contra la pared
y el brazo levantado hasta los
ojos,
está contando como si llorara.
Y mientras cuenta sus criaturas crecen,
van por el mundo, suben escaleras,


se enam
oran o estudian geografía.
Cuando
termina de contar, el padre
entra en los cuartos y revisa muebles.
Apenas ve. ¿Quién apagó las luces?
Su voz, que ha enronquecido, los
invita
a dejar de una vez sus esco


ndites.
Y los hijos regresan, jubilosos.
¡Cómo han crecido! Son casi tan altos
como los sueños que en su juventud
solían desvelarlo dulcemente.
¡
A c
ontar! ¡


A contar!

-exclama el padre.
(Los grandes siempre vuelven a ser niños).
Y los hijos se apoyan contra el muro,
hunden su frente entre los brazos. Cuentan.
Y mientras cuentan -once, doce, trece...

el padre se va haciendo pequeñito

Cuando terminan de contar lo buscan.
Lo buscan pero el padre no aparece.
Se ha escondido debajo de la tierra

LOS INTRUSOS

Otros recorren tus habitaciones.
Voces nuevas dispersan las cenizas
de lo que ya no existe:
el íntimo jardín, la áspera higuera,
en el cristal los flecos de la lluvia.
Julio Verne y Salgari se habrán ido
del viejo altillo de los trastos
y el reloj familiar dará las horas
quién sabe hasta qué mundos
ateridos de escándalos y muertes.
Eras espacio y tiempo. Eras la casa.
Los muebles, los retratos, los espejos,
y una canción que aún sigue perfumando
los latidos nocturnos de mi sangre.
Otros vienen y van por tus baldosas;
otros pies, otras manos, otros ojos
donde los míos siguen habitándote.
Fuiste a la casa de mi infancia.
No serás nunca de ellos, los intrusos.
No aflojarán tus patios sino el eco
de mi rencor y mi melancolía.

Antonio Requeni nació en Buenos Aires en 1930. Pasó los primeros años de su infancia en Valencia, España, y cursó después estudios en Buenos Aires. Desde 1998 es Miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. 
Fue corresponsal cultural para la cadena latinoamericana de radio La Voz
de las Américas", de los Estados Unidos, y colaboró en diarios y revistas del país y del exterior. Realizó muchos viajes y entrevistó a destacadas personalidades internacionales de la literatura y el arte. Trabajó en la redacción de "La Prensa" durante casi tres décadas y es actualmente colaborador de "La Nación".


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