NIKOLAY ZABOLOTSKY



Kizicheskaya sloboda (ahora parte de la ciudad de Kazan 1903- Moscú-Rusia,1958

SOBRE LA BELLEZA DE LOS ROSTROS HUMANOS

Hay rostros como portales lujosos
donde la grandeza emana de lo pequeño.
Hay rostros lamentables como chozas
donde hierve el hígado y el cuajar se remoja.
Hay rostros fríos y muertos, encerrados 
detrás de las rejas como en un calabozo.
Otros como torres donde nadie vive
hace tiempo, nadie mira por la ventana.
Una vez conocí una casita, era fea y pobre
pero desde su ventana se vertía hacia mí
el hálito del día primaveral.
¡El mundo realmente es grande y divino!
Hay rostros como canciones que deleitan.
Con sus notas, brillantes como el sol,
fue compuesta la canción de las alturas celestes.

EL SEMBLANTE DEL CABALLO

Los animales no duermen. Erguidos en la oscuridad nocturna
como una pared de piedra ante el mundo.

La cabeza inclinada de la vaca
hurga en el pajar con sus cuernos lisos,
aprieta su frente pedregosa,
sus seculares pómulos se separan
y sus ojos tartamudos
giran con dificultad.

El semblante del caballo es más hermoso e inteligente.
Él escucha lo que dicen las piedras y las hojas.
¡Atento! Conoce el grito de las bestias
y el gorjeo del ruiseñor en el vetusto bosque.

Y conociéndolo todo, ¿a quién le confiará
sus maravillosas visiones?
La noche es profunda. Sobre el oscuro horizonte
asciende la unión de las estrellas.
El caballo está quieto como un caballero en la torre,
el viento juega en su pelaje fino,
sus ojos arden como dos enormes mundos
y su melena se despliega como la capa del zar.

Si un hombre viera
el mágico semblante del caballo,
se arrancaría su lengua impotente
y se la daría al caballo.
¡El caballo debería tener una lengua mágica!
Así oiríamos sus palabras.
Palabras que penetran como llamas,
que entran en el alma como el fuego en la choza
y su pobre decorado se ilumina.
Palabras que no mueren,
sobre las que hacemos canciones.

Pero el establo quedó vacío,
los árboles también se fueron.
El ávido amanecer envolvió los montes,
abrió los campos al trabajo.
El caballo en su cárcel de pértigo
arrastra una carreta
y mira con ojos obedientes
el misterioso e inmóvil mundo.

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Zabolotsky recitando:

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