JUAN CARLOS GÓMEZ



Montevideo - Uruguay, 1820 – Buenos Aires, 1884

EL CEMENTERIO DE ALÉGRETE 

Los que en las dichas de la vida ufanos
Corréis jugando su azarosa senda,
Ceñidos de fortuna con la venda,
Que os muestra eternos sus favores vanos;

Los que de risas y venturas llenos,
Orlada en flores la altanera frente,
Cruzáis por esta rápida corriente,
Que en barca de dolor surcan los buenos;

Los que libáis en la nectarea copa
De los placeres sus delicias, suaves
Como los trinos de doradas aves,
Como los besos de una linda boca,

Volved la espalda á la suntuosa sala,
De orgullo y oro y corrupción vestida;
Venid á este salón, á que os convida
La muerte, ornada de su eterna gala.

Venid á este salón, á cuya puerta
Mal grado tocaréis en algún dia;
Aquí de los vapores de la orgía
Vifestra alma libre se vera despierta.

Y es bueno conocer una posada
A que hemos de llegar precisamente,
Ya se marche en carroza refulgente,
Ya arrastrando entre zarzas la pisada.
Y es útil levantar esas cortinas,
Que la heredad envuelven más preciosa,
Y del que planta solamente rosa,
Y del que coge solamente espinas !

Y es justo contemplar lo que nos queda
De todos los regalos que da el mundo,
A los que estamos en dolor profundo,
Y á los que ensalza la voluble rueda !

¡ Oh ! no tardéis los favoritos de ella !
Lujo hay también en el palacio helado:
Cada astro le es un'arteson plateado,
Cada horizonte una columna bella.

Allí está el leño redentor del hombre,
Trono de un Dios y de su sangre lleno;
Y de esas tumbas en el yerto seno,
Hay riqueza y poder, beldad y nombre.

Todo es sublime, como el Dios de todo,
Y de su lampo la verdad os alumbra;
La eternidad en pompa se columbra
Sobre humana soberbia que ya es lodo.

Lodo, y no más, dichosos de la tierra,
Seremos y seréis ! ¿ Es un consuelo
Que nos permite compasivo el cielo
A los que el templo de fortuna cierra '!

Si, que en dolor el alma desgarrada,
Al reino de la muerte nos llegamos,
Y en su espejo infalible divisamos
Que gloria, pena, dicha, todo es nada !

Si, que én este lugar se os ve temblando
Palidecer entre congoja y miedo,
Y del manto del tiempo el viejo ruedo
Con mano desesperada asegurando !

Quisierais detenerle en su carrera,
Que os arrastra tranquila y majestuosa,
Y al batir de su pié, se abre la fosa
Que inevitable al término os'espera!

Y si de regia pompa precedido
Llega á esa puerta el ataúd fastuoso,
Es que el mundo, que os fué tan engañoso,
Os arroja de sí con gran ruido.

Y si se alza altanero un monumento,
Para albergar vuestro despojo helado,
De la humanal prudencia es un legado
Que á la soberbia manda el escarmiento.

Y si preces sin fin se oyen en coro
A la fúlgida luz de mil hachones;
Es remedar sin fe las oraciones,
Para pedir á vuestras arcas oro.

¿Lo dudáis? Preguntad al procer fiero
Que entre mármol y bronce allí reposa,
Al Creso que encubre aquella losa,
Al bravo que aquí duerme con su acero.

¿ A dónde está el poder, dónde la gloria
Que en tanto de la tierra era preciada?
Dó la opulencia que brilló envidiada?
A dónde el himno audaz de la victoria ?

Todo pasó cual humo disipado,
Todo pasó! pero quedó el olvido. . .
I Y en la tumba infeliz del que ha sufrido
Un instante ese bien habrá faltado "

Ahora. . . volved á vuestro mundo hermoso,
Y en medio del festín y sus cantares,
Incensad de fortuna los altaros,
Envueltos en su brillo esplendoroso.

Adormeceos en sitial dorado,
De la lisonja al embriagante acento:
Caigan virtud y honor para el contento
De quien en noble cetro está apoyado.

Hollad al débil si piedad os pide,
Y al mísero que gime en vuestra sala, .
No le deis ni aun las sobras de la gala
Que donde quiera vuestra planta mide !

Alzad la espada sanguinosa y fuerte,
Que doma al pueblo, esclavitud sembrando,
Y de las leyes el altar pisando,
Poblad la tierra de orfandad y muerte!'

Que yo, sobre las tumbas recostado,
De vuestras dichas y poder me rio;
En la justicia del Señor confio,
Que sólo el que la ofende es desgraciado !


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