OTTO DE SOLA


Valencia-Venezuela, 1912-Isla de Mallorca, 1975


FUMADORA DE OPIO

Hoy el opio ha invadido hasta tu cuerpo,
casi ha dejado en sombra tus dos senos,
ha cerrado tus ojos.
El opio en esta noche
es como un río que te cubre
con sus múltiples peces, con su arena.

Levántate ahora mismo
que aquel río
no es más que un viejo ruido que te ofrece
inútiles ondinas que se quedan
más atrás de los pueblos y del mar.

Estás allí nadando y nunca puedes
atrapar tantos peces con tus manos,
y delirando rozas las orillas
sin tratar de salir
de esa agua tan pesada,
mientras el aire cubre en el espacio
la redondez del mundo sin caer.

Levántate ahora mismo de aquel río
del opio que ya invade
no sólo la blancura de tu cuerpo,
sino todos tus sueños
entre viejos castillos
deshabitados, grises
que mecen en silencio 
sus brumosas escobas
generalmente en medio de la noche,
cuando la luna enfría las paredes.

Otras cosas te esperan en la tierra,
mejor que esos divanes escondidos
para mirar ciudades que no existen:
la cápsula en el cielo
para ir hasta Marte;
todo el amor que sueñas
si sólo das un paso
de la sombra a la luz.

NOCTURNO DEL ROPERO

Cuando duerme la ropa es que va y viene
- despacio o rapidísimo – el silencio,
repitiendo la historia, interminable,
de aquello, lo lejano, o lo de afuera,
y también lo de adentro, lo que mira,
por donde llega el día o aquellas manos
de la noche encantada entre la seda.
Aquellos, los que vieron que la ropa
colgada – ya vacía – se confunde
con esos viejos trajes del silencio,
observaron que a veces casi duerme
en los roperos, y que su desvelo
le deja una invisible, aérea, arruga,
de paraguas perdido en la tormenta.
Cuando duerme la ropa, cuando duerme,
se le cae la desdicha de su sueño.
Los trajes cuando llegan a las perchas,
entre las horas callan, cautelosos,
escondidos del mundo, y en secreto,
oyendo aquellos ruidos
de cansados resortes en las camas;
o los pies sin zapatos que se mueven;
o los fósforos, rápidos, muriendo,
mientras la noche – sola – nos rodea
de pañuelos profundos, infinitos.
Y afuera están los astros que no cesan
de unir eternidades.
Y observando
cada cual – a su modo – nuestra esfera”.

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