LUIS FERNANDO ALVAREZ



Caracas - Venezuela, 1902 - 1952


TERRITORIO DEL SUEÑO


1

Sin puntos cardinales que orienten el espíritu;
con liturgias de cábala, o de interior de cielo,
o con mágico hallazgo de palimpsesto,
veo tu rostro, denso y profundo, como un emblema.
Nacen en su centro los tifones del mar Índico,
y mueren barcos sin estrellas, fuera de geografías.
Descubro en él ese blando deslizamiento hacia un abismo
de cuando se camina con los ojos vendados.
Siento el peso lento de unos brazos erguidos y abiertos,
de mujeres que lloran solas, ya sin lágrimas;
de crucifijos, cuya cruz se ha perdido,
y ellos siguen clavados -¡oh, por siempre clavados!- en el aire.
Anochecen los campos de batalla, y mariposas viudas
rondan los moribundos, que recuerdan su infancia.
Y un grito postrero de hombre que se ahoga
se asfixia en la noche, entre el cielo y el mar.
2
Tu perfil de Egipto y aquí. Arden astrologías
en hemisferios de nieblas que conservan tu origen,
entre páginas donde signos y cifras
interpretan tu nombre en la tierra de Mu.
De pronto tu perfil –sólo y sin tu cuerpo–
sólo entre nubes negras, que tal vez sean tu traje,
se hunde en tierras de gas y sombras, donde los espíritus
apartan a codazos el misterio, luchando en las tinieblas
entre espesas substancias de almas y astros en ebullición.
Y crece con su fuga, como sombra de tu espíritu,
proyectada por una luna amarga, de esas lunas podridas
establecidas sobre tumbas, que a través de cipreses
hacen hebras de caminos para los muertos que cambian
a cada de rostros y de planeta.
3
Descubro las bocas torcidas de los atormentados;
los cilicios de fanáticos flagelantes;
y salmodias, filtros; y un castillo en lo alto.
Un lúgubre olor a criptas, evadido de fosos y de torres,
viene desde el Medioevo, en ráfagas de grandes membranas;
ráfagas que hinchan las alas de animales nocturnos,
que apagan los cirios que iluminan infolios,
y las velas que arden entre manos de moribundos:
esas velas que siguen alumbrando
detrás de las fronteras de la vida
los viajes de ida y vuelta de las almas.
Ráfagas como perros que aúllan pisados por el diablo,
saltan desde tus ojos, cabriolan sobre escobas en tu rostro;
ululan entre el bosque negro de tus cabellos
donde cuervos que empollan huevos de tinieblas,
huyen –graznando – hacia mi alma,
con galope enfurecido de bisontes.
4
Detrás de todas las puertas y columnas;
a través de los párpados donde el espacio
entrecierra los sueños de los mundos;
desde el subocéano, y desde la razón del árbol
que asiste al nacimiento de los minerales
y a donde el agua ya comienza a ser agua,
me oculto, y veo tu rostro entre constelaciones;
tu rostro –INMÓVIL – como una estalactita suspendida
sobre los polos de tu vida y mi destino.
5
Detrás de mis miradas sin ojos;
detrás de mi voz, que no te habla;
detrás de mis oídos y mis manos
que te sienten y tocan sin tú advertirlo,
estoy copiando el territorio de tu rostro:
tu rostro adicto a un sistema solar de acertijos y dioses;
de estancias submarinas, y dinastías perdidas;
de pirotécnicas, y acróbatas caídos;
de ciudades lacustres, y de mujeres sin alma fija
que huyen perseguidas por nadie en puertos de intenso tráfico;
y de navíos con matrículas de…¡quién sabe dónde!
Va y ven (1936)

5
Yo reposé mi noche en el vientre de la muerte,
y vi, llama ardiendo en mi costado, crecer la espiga de mi dolor
hasta alcanzar los brazos de infinito de esa cruz en que se yergue mi corazón,
preguntando a los mundos por qué me han abandonado
* * *
Yo nunca estuve ausente de tus cicatrices, cisternas de mis lágrimas;
y mis pies se descubrían ante tus zarzas ardientes;
y mis ojos nunca dejaron de morir a cada instante en cada huella de tus llantos;
ni mi voz dejó de nombrarte en cada gota de la sangre de mis heridas.
* * *
Hoy tu silencio esté de centinela en ese olor a musgo seco de tus pañuelos amarillos.
Hoy tus palabras, golpeadas por amargas campanas, periódicas, sollozantes,
encienden sus luciérnagas en mis oídos;
giran, hasta quemarse, alrededor de una llama,
y trepan hasta lo glaciares de mi espíritu, hasta mis congelados litorales,
donde mis barcos antiguos se desmantelan entre auroras boreales soles de medianoche,
y un vasto silencio blanco, como un oso difunto.
* * *
Morados huracanes abaten el girasol de mis brazos, que busca tu presencia;
Rompen las bridas de los arcoíris con que sofreno la cólera del cielo;
ponen a aullar sus órganos nocturnos, sus roncos galopes de tambores salvajes,
con estrépito idéntico al tráfico de astros por mi espíritu,
a la caída de lenguas de fuego sobre mis sienes.

Soledad Contigo (1938)

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