ANTONIA PALACIOS


Caracas - Venezuela, 1915-2001


Tomados de: Hondo temblor de lo secreto (1979-1980) de Antonia Palacios

"En esta casa no miro el cielo. Miro la dura extensión que me circunda, escucho lejos batallar el viento. Sus límites me marginan de lo abierto. Es una casa cerrada, nada en ella se revela. No hay espacios ni columnas ni aleros donde aniden pájaros inquietos. Una casa desnuda sin el hondo temblor de lo secreto. Me pego de sus muros, de su olor a desierto. Es mi casa."

"Irse desbordando sin saberlo. Irse apagando en una luz que tiembla. Irse decantando casi disminuida en una delgadez de filo hiriente. Irse perdiendo en las ausencias, sin la piel, sin el roce, sin aliento. Irse quedando sin forma, sin presencia. Irse volviendo polvo lentamente, polvo soplado por el viento."
"Todavía quedan labios, ojos que miran las cosas. Quedan los brazos alzados en un intento de vuelo. Queda el sexo palpitante, húmedo todavía. Y este caer del rocío en la secreta espesura de mi bosque ya desnudo."

El largo día ya seguro (fragmento)

"Los sueños forman parte de mi misma y sería como desollarme, dejarme en carne vida, si alcanza a despojarme de la esencia de mis sueños. Mi cuerpo vive de sus sueños. Ahora mismo, en este mimo momento de mi precipitada llegada, se me hace difícil transportar a este sitio toda la carga de mis sueños. Se me hace difícil, casi imposible, revivir de nuevo lo que arrastra el vértigo del instante, y constato con estupor que todo ha desaparecido de mis ojos, que mis ojos están ya inertes, mientras la visión persiste, viva, intacta, flotando en lo eterno, en la magia del tiempo."


Viaje al frailejón (fragmento)

"Por un momento he envidiado a estos hombres, a estas mujeres, que dependen tan sólo de ellos mismos, de su propio impulso o del impulso de la bestia que a su lado vive. Después de todo los hombres y las bestias tienen mucho en común. Tienen venas y arterias, tienen ojos para mirarlo todo y respiran y duermen y tienen también un corazón que palpita. Por un momento he envidiado a esos seres cuya humanidad se halla más cerca de todo cuanto vive, bestias y plantas. Nosotros hemos perdido el contacto con nuestro propio cuerpo. Y no sabemos qué hacer con las manos, con los pies. Nuestro tacto sensorial comienza a olvidar la forma de las cosas, de los objetos, que rodean nuestra vida cotidiana. Hay uno solo, único y seguro contacto: la máquina. (...) Estos pueblos nada me dicen. Son unos pueblos oportunistas. No están ungidos de ese aliento de eternidad que resiste los embates del tiempo. Todo en ellos parece improvisado. Dan la impresión de hallarse de paso como esas ferias que recorren los caminos y acampan en un sitio cualquiera antes de proseguir su marcha. "



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